martes, 25 de agosto de 2015

ACTIVIDAD INTRODUCTORIA

-Presentación de la Lectura Obligatoria No. 1

-Elaboración INDIVIDUAL de una reseña en relación a lectura. NO es un resumen del textos sino reflexiones en torno a la temática a la luz de la bibliografía entregada., en un mínimo de 5 páginas. El trabajo debe llevar Introducción, Análisis, Conclusiones y bibliografía. FECHA MAXIMA DE ENVIO: 

-Reacción de Lectura (Prueba Corta)

lunes, 24 de agosto de 2015

BIBLIOGRAFÏA



Low, Setha. 1996. The Anthropology of Cities: Imagining and Theorizing the City. En Annual Review of Anthropology, Vol. 25 (1996), pp. 383-409. 



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ACTIVIDAD 3

- Exposiciones de lecturas, dos aspectos: a) que plantea el autor y b) análisis critico de la lectura. Lectura 5, Lectura 6, Lectura 7 .

- Participar del Foro sobre el video: Sicario (una opinión personal y una segunda participación opinando sobre lo que puso otro compañero).

ACTIVIDAD 4


- Mesa redonda por cada Lectura. participación individual

- Foro: Perspectivas de los estudios de Antropología Urbana en Panamá

- Elaboración de una reseña individual en relación a las tres lectura. NO es un resumen del textos sino reflexiones en torno a la temática a la luz de la bibliografía entregada., en un mínimo de 12 páginas. El trabajo debe llevar Introducción, Análisis, Conclusiones y bibliografía.

MODULO No.4



La presente clase reflexiona en torno a la ciudad contemporánea en el contexto global, transitando desde la relación entre la ciudad y la modernidad/posmodernidad, las ciudades globales y los enclaves privados y barrios cerrados y las ciudades globales. 


LECTURAS OBLIGATORIAS 8, 9 Y 10: 


MODULO No. 3


En esta fase se reflexionará en torno a las demandas de movimientos urbanos populares, tomando las especificidades en torno a la Urbanización y el rol de las mujeres en los contextos urbanos populares.


LECTURA OBLIGATORIA No. 5

BARRIOS POPULARES E IDENTIDADES COLECTIVAS

 Por: Alfonso Torres Carrillo
___________________________

PRESENTACIÓN

Una de las problemáticas más reiteradas en los estudios urbanos ha sido la caracterización social de los pobladores populares de las ciudades contemporáneas; las posiciones han oscilado desde aquellas que los perciben como masa anónima amenaza para el orden social, hasta aquellas que los consideran armónicas comunidades o sujetos portadores del cambio social.

Diversos estudios han venido mostrando que, ni se disolvieron los lazos comunitarios tradicionales para convertirse en masa marginal como calculaban algunos funcionalistas, ni en ciudadanos individuales como calcularon los teóricos de la modernización; tampoco, los pobladores se transformaron en proletarios ni en Movimiento Social como lo esperaban algunos marxistas.

De este modo, la cuestión sobre la identidad de los pobladores urbanos no está resuelta y continua siendo objeto de investigaciones y debates conceptuales. Sin embargo, las anteriores posiciones perviven como imágenes o como fantasmas que inciden en muchas lecturas actuales sobre los pobres de la ciudad y sus barrios, convirtiéndose en verdadero obstáculo epistemológico para comprender su complejidad. O se les sigue abordando - desde cierto romanticismo- como entidades puras ajenas a toda influencia externa, o se les niega toda identidad propia o relevancia analítica, desde quienes reivindican la creciente metropolitización y desterritorialización de los fenómenos urbanos.

El artículo se organiza en torno a la hipótesis de que los barrios populares entendidos como construcción histórica y cultural, han sido a lo largo de este siglo un espacio de constitución de diferentes identidades colectivas, condición y consecuencia para la irrupción de nuevos actores urbanos. Tomando a la ciudad de Bogotá como referencia empírica, esbozaré la trayectoria de la conformación histórica de sus barrios populares, para luego abordarlos como espacio de producción de identidades comunes y diferenciadas; finalmente, plantearé algunas reflexiones sobre el potencial emancipador de las identidades barriales en la producción de subjetividad y de sujetos sociales.

1. EL BARRIO COM EXPERIENCIA HISTORICA

Al igual que la ciudad física, la ciudad cultural de Bogotá es una colcha de retazos tejida conflictivamente a lo largo de sus cuatro siglos y medio de existencia, en la cual los barrios constituyen los ¨retazos¨ que le dan consistencia, diversidad y unidad. Unidad, en ningún modo armónica, puesto que desde sus inicios coloniales, la lucha por la construcción y apropiación del espacio material y simbólico cristalizado en los barrios, se ha dado en condiciones de desigualdad entre sus actores.

Santa Fe de Bogotá, al igual que las otras ciudades nacidas con la conquista española en sus orígenes era un espacio de dominio; legitimaba el poder de los conquistadores frente a la Corona a la vez que simbolizaba el nuevo orden colonial. El centro y eje de la organización espacial de la ciudad y en torno a la cual se formaron sus tres primeros barrios, fue la Plaza Mayor: el de La Catedral, que la circundaba y donde vivía la élite blanca; los de Las Nieves y Santa Bárbara, en los cuales habitaban los indios y los mestizos pobres.

La vida de estos barrios giraba en torno a sus respectivas iglesias, las cuales no sólo les dieron su nombre, sino también buena parte de su identidad. El barrio colonial se identifica con la parroquia, la cual poseía funciones religiosas pero también civiles y políticas: los bautizos, las bodas, y las defunciones eran inscritos en los libros parroquiales; además la iglesia regía algunas asociaciones civiles (cofradías, gremios) y el tiempo de sus moradores (misas, celebraciones religiosas, año litúrgico).

Al finalizar la colonia, la población bogotana era en su mayoría mestiza (55%); el grupo blanco constituía el 38% de la población, los negros el 5% y los indios sólo el 3%. La ciudad tenía 21.464 habitantes en el año 1800 y desde 1774 las autoridades los habían conformado en 8 barrios, cada uno con un alcalde menor que controlaba a los cada vez más numerosos, pobres e indóciles habitantes; nuevo barrios como Santa Bárbara, San Victorino, las Aguas y las Nieves eran de mestizos e indios.

Artesanos, tenderos, aguateros, lavanderas, deshollinadores, carpinteros, sastres y otros trabajadores fueron invadiendo la ciudad a lo largo del primer siglo de vida republicana. A lo largo del siglo XIX la ciudad quintuplicó su población, aunque su extensión casi no avanzó más allá de los límites coloniales. Como puede suponerse, los viejos barrios coloniales - otra vez convertidos en parroquias- se saturaron; fueron surgiendo otros como Egipto, Las Cruces, Chapinero, y a fines de siglo, San Diego y San Cristóbal. Así, silenciosamente, la ciudad fue siendo conquistada por los pobres y sus barriadas, sus inquilinatos, sus chicherías, sus oficios, sus fiestas, sus devociones, sus asociaciones mutuarias y sus protestas.

En 1905 la población era de sólo 100.000 habitantes y el área construida de la ciudad era de 320 hectáreas; la estructura urbana, el ambiente social y cultural muy poco habían cambiado: ricos, pobres, industrias, comercios y fiestas convivían en una densa y pequeña área; sólo algunas pequeñas industrias surgidas a fines del siglo XIX se habían establecido en las periferias del nor-oriente, sur y occidente, posibilitando el surgimiento de caseríos dispersos en sus alrededores.

En el período comprendido entre la década del veinte y mediados de siglo, se produjo la transición entre la antigua aldea colonial y la ciudad metropolitana actual. A partir de los veinte, al igual que el resto del país, su capital va a protagonizar un crecimiento en varios aspectos, favorecido por el impacto de la dinamización económica generada por el pago de la indemnización de Panamá, el crecimiento industrial y la bonanza cafetera. La población vivió un acelerado crecimiento: de 143.994 habitantes en 1918 pasó a 330.312 en 1938 y a 715.250 en 1951. Dicho incremento poblacional estuvo asociado primordialmente a la migración, más que al crecimiento vegetativo; en 1922 sólo uno de cada tres habitantes de la capital había nacido en ella.

Como era de esperarse, los problemas por insuficiencia de estructura urbana se hicieron evidentes; el déficit de vivienda y la escasez de servicios públicos se convirtieron en problema social y político. Para 1928 se calculaba un promedio de 14 personas por casa quedando en evidencia el hacinamiento en los asentamientos más pobres; desde fines de la primera década éstos van a ser llamados «Barrios Obreros» (como La Perseverancia y Ricaurte) y que en 1930 ocupaban el 61.4% del área construida.

Es también por esta época, cuando las autoridades empiezan a tomar medidas para afrontar el crecimiento urbano y sus consecuencias sociales; desde mediados de los 20 se solicitaron empréstitos y se hicieron contratos con empresas extranjeras para iniciar urbanizaciones y para mejorar los servicios públicos de la ciudad. Es un etapa de «aprendizaje» del Municipio que va a tener como momento clave el año 1951, cuando por primera vez se decreta un «Plan Piloto para la ciudad». Las tres décadas comprendidas entre 1920 y 1948 son vitales para la explicación de la actual configuración espacial de la ciudad, pero también para entender la conformación de los sectores sociales que la construyeron: los habitantes que «vivían» o sobrevivían en los barrios obreros y quienes harían sentir su presencia multitudinaria y su inconformidad el 9 de abril de 1948.

Con el aluvión migratorio de campesinos incrementado desde los años cincuenta por la Violencia política, el conflicto por el derecho a la ciudad adquirió dimensiones inusitadas. Bogotá, capital administrativa y polo industrial, fue la ciudad que más emigrantes recibió y que por ende, más creció demográfica y espacialmente. La ciudad pasó en 1951 a tener 660.000 habitantes y a ocupar 2.600 hectáreas; para ese año el 56% de los habitantes de Bogotá había nacido fuera de ella y para 1964, la cantidad total de emigrantes llegó a los 850.433. Se inició así un proceso de ¨colonización urbana¨ simultáneo al que otros campesinos desplazados llevaban a cabo en lejanas zonas de frontera agrícola como Arauca, Caquetá y Putumayo. Miles de campesinos arriban a la ciudad, extendiendo la mancha urbana hacia las montañas de suroriente y nororiente, así como a las zonas bajas del suroccidente y el noroccidente.

La mayoría de campesinos que migraron a la urbe con la esperanza de paz y progreso familiar, no lograron vincularse directamente a la producción capitalista como obreros; la ilusión de una industrialización pujante y de una proletarización generalizada pronto se esfumó. Los nuevos pobladores tuvieron que ocuparse en servicios y oficios varios, en la construcción o en pequeñas empresas manufactureras y comerciales; otros, tuvieron que hacerle frente a la desocupación inventándose infinidad de estrategias para sobrevivir, en la llamada economía informal. De este modo, los barrios populares surgidos desde los años cincuenta y no los espacios laborales, se fueron convirtiendo en el principal escenario de la lucha cotidiana de millones de pobladores por obtener unas condiciones de vida digna y el reconocimiento de su ciudadanía social.

De este modo, la conquista de una identidad social y cultural en la ciudad por parte de los emigrantes se fue dando en torno a sus intereses compartidos como constructores y usuarios del espacio urbano: la experiencia de lucha común por conseguir una vivienda y un hábitat, por dotarlos de servicios básicos, así como por construir un espacio simbólico propio, se convirtieron en factores decisivos en la formación de una manera de ser propia como pobladores populares urbanos, como lo desarrollaremos luego.

En muchos casos, la resolución de sus necesidades sólo paso por el esfuerzo familiar o la convergencia de acciones puntuales de los vecinos de una calle o de un joven asentamiento (traer el agua de la pila o de la quebrada, ¨bajar la luz¨ de un poste cercano, construir el alcantarillado), sin necesidad de conformar un espacio organizativo permanente. Cuando el carácter o la magnitud de los problemas sobrepasaba la capacidad de los mecanismos tradicionales de solidaridad, generaron formas asociativas más estables como las Juntas de Mejoras y los Comités de Barrio, que centralizaban el trabajo comunitario y la relación con las instituciones externas. Tal tendencia comunalista ¨actualización de prácticas campesinas ante nuevas circunstancias¨ se vivió con mayor intensidad en la primera fase de los barrios populares capitalinos, más aún cuando se trataba de invasiones organizadas de terrenos o de asentamientos enfrentados a situaciones críticas como intentos de desalojo o catástrofes naturales.

En el contexto del acuerdo frente nacionalista, el gobierno buscó controlar estas formas organizativas, al crear las Juntas de Acción Comunal en 1958; en Bogotá tuvieron especial impulso, convirtiéndose a lo largo de las dos décadas siguientes en la única forma asociativa barrial reconocida por las autoridades y en el único vínculo de los pobladores con el Estado para la consecución de sus demandas. Así, al comenzar la década de los ochenta existen más de mil JAC con más de medio millón de afiliados.

Las JAC, aunque han jugado un papel protagónico en la fase inicial de los barrios como aglutinadoras de los esfuerzos colectivos y mediadoras de la consecución de los servicios básicos, se convirtieron en pieza clave la relación clientelista con los partidos políticos tradicionales y con el Estado. Sus dirigentes locales, en su afán de mantener las ventajas de su posición, se fueron convirtiendo en ¨pragmáticos¨ consecutores de ayudas (auxilios, donaciones, partidas) más que en promotores de la organización barrial. En la medida en que el barrio consolida su infraestructura física, la JAC pierde peso y los afiliados tienden a desentenderse de su funcionamiento.

Para la década del setenta, no sólo habían nacido nuevos barrios, sino que lo surgidos en las anteriores se habían consolidado, aumentado su densidad poblacional y estrechado su relación con el tejido urbano mayor. Estas nuevas circunstancias, dieron lugar a nuevos actores (escolares, jóvenes, madres de familia, inquilinos, tenderos) y a nuevas demandas: parques, canchas deportivas, sala cunas, escuelas, vías, transporte, etc. en una convulsionada coyuntura política donde la irrupción de nuevos grupos de izquierda, la agitación universitaria, la politización del magisterio y de algunos sectores de la iglesia, llevó a muchos activistas (partidarios o no) a hacer presencia en los barrios. La lucha contra la Avenida de los Cerros (1971-1974), los paros zonales por transporte y el Paro Cívico de 1977 ejemplarizan esta nueva experiencia de protesta social desde los barrios.

Para el año de 1977, Bogotá era ya una urbe con tres millones y medio de habitantes y ocupa una extensión de 30.886 hectáreas. Sin embargo, el crecimiento no se detenía aunque a un ritmo menor con respecto a los años previos; durante la siguiente década, la proliferación de asentamientos populares se concentró en algunas zonas (Ciudad Bolívar, Bosa - Soacha y Suba), las cuales fueron también los escenarios privilegiados de la aparición de nuevas formas de organización barrial y de estrategias inéditas para presionar sus demandas.

Junto a los barrios piratas, surgieron algunas invasiones de hecho y urbanizaciones por iniciativa de Cooperativas o Asociaciones de Vivienda populares; en algunas de estas se han podido experimentar formas de participación popular y comunitaria más avanzadas, tanto en el diseño y la construcción, como en la organización posterior de sus habitantes del barrio; es el caso de los barrios impulsados por el exsacerdote Saturnino Sepúlveda a través de sus Empresas Comunitarias y de las organizaciones de viviendistas nucleadas en torno a Fedevivienda.

A lo largo de los ochenta también van a aumentar organizaciones barriales independientes de las JAC ( y la mayoría de las veces en conflicto con ellas) en torno a actividades productivas, reivindicativas y culturales como el teatro, la comunicación o la educación popular; las más relevantes han sido las de mujeres que se asociaron para cuidar a los niños en edad preescolar. En algunos barrios, el trabajo parroquial o pastoral de algunas comunidades religiosas desembocó en Grupos Juveniles o en Comunidades Ecleciales de Base comprometidos con acciones de promoción comunitaria y organización popular. Estas nuevas experiencias asociativas – algunas impulsadas o apoyadas por Organizaciones No -Gubernamentales (ONGs)-, favorecieron la organización de base, la educación de sus miembros y ampliaron las formas de gestionar sus necesidades y demandas.

A la par del agotamiento de la modalidad clientelista de gestión de demandas barriales, fue creciendo el número de acciones de protesta: marchas dentro de los barrios, hacia oficinas públicas o hacia la Plaza de Bolívar, bloqueo de vías, toma de oficinas y Paros Cívicos, se hicieron frecuentes en el acontecer citadino. A las demandas por servicios públicos y sociales, se sumaban nuevos temas como la seguridad, la defensa ambiental y el respeto a derechos humanos. Cuando la demanda o el problema era suprabarrial, se generaron coordinaciones provisionales o estables para presionar a las autoridades y para fortalecer la organización autónoma; surgieron así algunas coordinaciones y redes zonales o temáticas, en torno a la demanda o mejora de un servicio público, al trabajo cultural, la educación de adultos o a la atención de los niños.

Desde mediados de la década de los ochenta, en el contexto de la ¨apetura democrática¨ y de la descentralización, pero más aún luego de la promulgación de la nueva Carta Constitucional, el Estado empezó a impulsar la ¨participación ciudadana¨ en el manejo de asuntos como la salud, la educación, la atención a la niñez y a la juventud; también favoreció la creación de Asociaciones Locales y la Confederación Distrital de Juntas de Acción Comunal, cada vez más debilitadas por la prohibición de los ¨auxilios de concejales y parlamentarios¨ y por la orientación del presupuesto hacia las localidades más que a los barrios. Estas organizaciones impulsadas desde arriba, así involucren a población de base en acciones para resolver sus necesidades, viven una tensión permanente entre la autonomía y la dependencia frente a políticas y recursos estatales, aunque en algunos casos se han generado conflictos en torno a problemas específicos o frente a la orientación de las políticas sociales.

La puesta en marcha de la Carta Política de 1991y de la descentralización administrativa del Distrito Capital, en particular la elección de Juntas Administradoras Locales (JAL) desde 1992, ha desplazado parcialmente el escenario de las demandas urbanas del barrio a la localidad. A pesar de sus limitadas funciones, tanto líderes y organizaciones ligadas al clientelismo como aquellos provenientes de las experiencias autónomas y críticas surgidas en los ochenta, han buscado participar electoralmente o con proyectos para los Planes de Desarrollo Local. Sin embargo, la apatía generalizada (por falta de información o interés) de los pobladores, la reproducción de los vicios clientelistas en las JAL y la presencia de ediles independientes a los partidos tradicionales sea aún marginal.

Para fines de la última década del siglo, uno de cada cinco habitantes de los colombianos viven en la capital; Santa Fe de Bogotá, supera los seis millones y medio de habitantes, de los cuales, más del 65% vive en barrios construidos por sus pobladores; el éxodo campesino hacia Bogotá continúa, ahora impulsado por la nueva ola de violencia; miles de desplazados llegan silenciosamente a la urbe, al igual que sus antecesores de los años cincuenta, en busca de refugio y de progreso, recreando las estrategias para producir su hábitat.

Hoy, continúan naciendo nuevos barrios en la periferia, que tienden a repetir - con nuevos actores - los libretos estrenados desde los cincuenta y acogiendo el acumulado de formas organizativas conformadas en las décadas previas; se consolidan los barrios surgidos previamente; crece la población juvenil que reclama espacios propios y respeto a su identidad; en algunas zonas la violencia hace presencia en la forma de milicias populares, grupos de limpieza, grupos de autodefensa y bandas armadas; ONGs, instituciones gubernamentales y fundaciones filantrópicas compiten por adoptar y controlar barrios o poblaciones donde ejercer su influencia y justificar sus presupuestos; investigadores seguimos tratando de entender lo que pasa en este escenario complejo de la ciudad y de los barrios.

2. LA FORMACIÓN DE UNA IDENTIDAD BARRIAL.

Con el anterior recorrido queda claro cómo los barrios, más que una fracción o división física o administrativa de las ciudades, son una formación histórica y cultural que las construye; más que un espacio de residencia, consumo y reproducción de fuerza de trabajo, son un escenario de sociabilidad y de experiencias asociativas y de lucha de gran significación para comprender a los sectores populares citadinos. En fin, los barrios populares son una síntesis de la forma específica como sus habitantes, al construir su hábitat, se apropian, decantan, recrean y contribuyen a construir, estructura, cultura y políticas urbanas.

Sin embargo, este panorama histórico no nos permite inferir mucho sobre las identidades que se tejen y se destejen en el ámbito barrial. No podemos aún afirmar si los barrios constituyen una unidad identitaria total, una ¨comunidad¨ (Ramos 1995) o un lugar donde se constituyen diferentes y múltiples identidades. Para evitar el riesgo de caer en una impresionista y nostálgica evocación de los barrios a lo Pepe el Toro de ¨Nosotros los pobres¨ o al modo de los boleros y tangos de arrabal, considero necesario colocar sobre el tapete los presupuestos conceptuales desde los cuales abordaremos el problema de la(s) identidad(es) barrial(es).

Estos se alimentan de la rica discusión generada dentro de la antropología y sociología urbanas mexicanas en torno a sujetos e identidades sociales, así como por algunos protagonistas de algunos debates contemporáneos dentro de las ciencias sociales. El tema de las identidades colectivas ha cobrado fuerza en las últimas décadas dentro de las ciencias sociales, asociado a la irrupción de los nuevos movimientos sociales, a la crisis de los Estados Nacionales, al renacer de luchas étnicas y a los efectos de la globalización. Las corrientes europeas (Touraine, Melucci, Alberoni) y norteamericanas (Smelser, Tilly, Elster) sobre los movimientos sociales y la acción colectiva, los estudios sobre culturas urbanas subalternas (Maffesoli, Villasante, García Canclini, Martín Barbero) y los aportes sobre subjetividad y construcción de sujetos sociales (Thompson, Guattari, Sader, Zemelman) entre otros, han colocado el problema de la identidad colectiva en el centro de las discusiones de la ciencia social contemporánea (SCHLESINGER y MORRIS 1997).

Entenderemos como identidad colectiva de una agrupación social, al cúmulo de representaciones sociales compartidas que funciona como una matriz de significados que define un conjunto de atributos idiosincráticos propios que dan sentido de pertenencia a sus miembros y les permite distinguirse de otras entidades colectivas (GIMENEZ 1997);en fin, al conjunto de semejanzas y diferencias que limita la construcción simbólica de un nosotros frente a un ellos (DE LA PEÑA 1994). El concepto de identidad supone el punto de vista subjetivo de los actores sociales acerca de su unidad y de sus fronteras, una elaboración simbólica y práctica de lo que consideran propio y lo que asumen como ajeno

Por ello, la relación entre identidad y cultura es directa; en el centro de todo proceso de producción de sentido se encuentra la construcción de una identidad colectiva; ésta siempre se forma por referencia a un universo simbólico; la cultura interiorizada en los individuos como un conjunto de representaciones socialmente compartidas, entendidas estas como ¨una forma de conocimiento socialmente elaborado y compartido orientado hacia la práctica, que contribuye a la construcción de una realidad común por parte de un conjunto social¨ (JIMENEZ 1997).

Pero si bien es cierto que la identidad colectiva constituye una dimensión subjetiva de los actores sociales y de la acción colectiva, para su existencia requiere de una base real compartida (una experiencia histórica y una base territorial común, unas condiciones de vida similares, una pertenencia a redes sociales); el compartir estos condicionamientos objetivos, permite la existencia de unas marcas o rasgos distintivos que definen de algún modo la unidad ¨real¨ reconocida por el colectivo como propia y que inciden en su propia práctica; por ello, la identidad es a la vez condicionada y condicionadora de la práctica social.

La identidad no es una esencia inherente del colectivo, ni un atributo estático anterior a sus prácticas. Dos rasgos la definen: su carácter relacional e histórico. La identidad de un actor es una construcción relacional e intersubjetiva: emerge y se afirma en la confrontación con otras entidades, lo cual se da frecuentemente en condiciones de desigualdad y por ende, expresando y generando conflictos y luchas. Además, la identidad es siempre una construcción histórica; debe ser restablecida y negociada permanentemente, se estructura en la experiencia compartida, se cristaliza en instituciones y costumbres que se van asumiendo como propias, pero también puede diluirse y perder su fuerza aglutinadora.

Por ello, una condición para la formación de identidades es la existencia de cierta perdurabilidad temporal. Pero más que permanencia, una continuidad en el cambio; las identidades son un proceso abierto, nunca acabado. Las características de un grupo pueden transformarse en el tiempo sin que se altere su identidad. La memoria colectiva se encarga de articular y actualizar permanentemente esa biografía compartida por el grupo: más que recuperar un pasado unitario y estático, produce relatos que afirman y recrean el sentido de pertenencia y la identidad grupal.

A continuación, retomaré estos presupuestos conceptuales para hacer una lectura de la capacidad y potencial aglutinador y fragmentador de los barrios populares en la construcción de identidades colectivas de los sujetos que los conforman y habitan. Considero que las reflexiones que se hagan en este sentido, además de su función descriptiva, pueden ser útiles para explicar la formación de actores, cultura y subjetividades urbanas contemporáneas. La identidad barrial pasa así, a ser una clave epistemológica para comprender y transformar la ciudad, puesto que ¨es la apropiación -y producción- de la ciudad por parte de grupos sociales específicos, lo que produce el sentido del barrio y la identidad¨ (LEE1994).

Pensar la relación barrios - identidad nos remite a dos niveles de análisis. En primer lugar, considerar el barrio mismo como referente de identidad, en la medida que sus pobladores al construirlo, habitarlo y - muchas veces- defenderlo como territorio, generan lazos de pertenencia ¨global¨ frente al mismo, que les permite distinguirse frente a otros colectivos sociales de la ciudad. En segundo lugar, asumir el barrio como lugar donde se construyen diferentes identidades colectivas, que expresan la fragmentación, multitemporalidad y conflictos propios de la vida urbana contemporánea.

En cuanto la primera perspectiva, algunos antropólogos como Levi Strauss y Godelier han confirmado la relación entre configuración espacial, organización social y construcción cultural. Un grupo, al apropiarse de un territorio, no sólo reivindica el control de los recursos que allí se localizan, sino también las potencias invisibles que lo componen. Ello es evidente en los asentamientos populares construidos por sus propios pobladores: teniendo como transfondo, contradicciones estructurales profundas (marcadas por la desigualdad social y la crisis urbana), la conquista común de un terreno donde construir sus viviendas y la infraestructura de servicios para habitarlo dignamente, ha sido el proceso más decisivo en la configuración de una identidad colectiva.

Estos migrantes anónimos, muchas veces sin conocerse entre sí, en su calidad de destechados y pobres, van compartiendo experiencias de vida y de lucha comunes como ¨colonos urbanos¨, las cuales van moldeando una nueva identidad socioterritorial como ¨clase popular¨ y como pobladores barriales (VILLASANTE 1994); ¨al pasar a ocupar los sitios y construir su casa propia y una infraestructura común, estos grupos populares disgregados, se autoreconocen ahora mutuamente en el acto y proyecto común de asentamiento en la ciudad, pasando a constituirse como clase poblacional¨ (ILLANES 1993).

El momento fundacional del asentamiento (con unos límites espaciales y temporales muy precisos) y su recreación en la memoria colectiva, demarca quienes son del nuevo barrio y quienes no. Existen numerosos casos en que distintas oleadas de ocupación de un mismo fraccionamiento urbano, da origen a diferentes barrios, así sean considerados desde fuera como uno solo; se empieza hablar de ¨primero¨ y ¨segundo sector¨ o de ¨la parte alta¨ y ¨la parte baja¨, de la zona vieja y de la nueva. A la larga, los protagonistas de la nueva colonización terminan por crear su propia Junta de Acción Comunal e incluso por darle un nuevo nombre ¨para evitar confusiones¨.

Un asentamiento o urbanización se convierten en barrio, en la medida en que es escenario y contenido de la experiencia compartida de sus pobladores por identificar necesidades comunes, de elaborarlas como intereses colectivos y desplegar acciones conjuntas (organizadas o no) para su conquista, a través de lo cual forman un tejido social y un universo simbólico que les permite irse reconociendo como ¨vecinos¨ y relacionarse distintivamente con otros citadinos. Construyendo su barrio, sus habitantes construyen su propia identidad.

Esta conquista de identidad y sentido de pertenencia basado en lo territorial, se expresa en el poder de dar nombre a sus asentamientos, hecho pocio estudiado. Los barrios coloniales y surgidos a lo largo del siglo XIX y aún algunos de este siglo, están marcados por la identidad religiosa, son parroquias, algunos ejemplos son San Diego, Santa Bárbara, San Victorino, San Cristóbal, San Vicente, llegando a ser paradigmáticos Villa Javier y Minuto de Dios en los cuales la misma iglesia fue el urbanizador; en los barrios surgidos por iniciativa estatal en la coyuntura posterior al centenario de la independencia los nombres im-puestos exaltan la identidad republicana: Colombia, Centenario, 20 de julio, 7 de agosto, 12 de octubre, Simón Bolívar, Atanasio Girardot, Restrepo, Olaya Herrera, etc.

En aquellos barrios surgidos en el contexto del éxodo rural y la esperanza de progreso en la ciudad (salvo cuando se deriva del nombre de la Hacienda que ocuparon o del nombre dado previamente por el urbanizador), sus habitantes los bautizan con la esperanza y el optimismo de su nueva vida: La Victoria, La Gloria, La Belleza, Bello Horizonte, El Progreso, El Triunfo, Los Libertadores, etc.; en otros casos el departamento o municipio de origen; Boyacá, Quindío, Santa Marta, Cartagenita. En las últimas décadas aparecen las imágenes de los personajes y acontecimientos que los medios destacan o aquellos de cuyo nombre se puede obtener alguna ventaja: Pastranita, Virgilio Barco, Less Walessa, Las Malvinas, Juan Pablo II. En aquellos asentamientos surgidos por iniciativa o apoyo de organizaciones independientes, su nombre exalta personalidades o acontecimientos que simbolizan su posición alternativa: Policarpa Salavarrieta, Manuela Beltrán, Salvador Allende, Camilo Torres, Julio Rincón, La Gaitana, Corinto.

Esta relación entre apropiación territorial e identidad colectiva asume visos de mayor intensidad cuando ha sido el resultado de una invasión previamente organizada y en barrios que deben ejercer resistencia a intentos de desalojo y o de afectación del espacio construido. Más que el valor comercial, entran en juego la memoria, las seguridades, los proyectos y las utopías construidas; recordemos la lucha de barrios como Policarpa y Bosque Calderón o de los barrios orientales contra la construcción de la Avenida de los Cerros o el rechazo a espacios ideados por otros, rehaciéndolos a su modo fue el caso de urbanizaciones como Guacamayas, Muzú y Bachué.

Otro elemento del territorio como cohesionador de sentido de pertenencia barrial es la estructura espacial del barrio ya consolidado y los usos que sus habitantes le dan. ¨El tipo de estructura vial, el modelo de construcción, la existencia de espacios públicos usados como tales o de espacios comunes privatizados y las prácticas sociales realizadas en espacios comunes, son factores que inciden, de una u otra forma, en la creación de un sentido de pertenencia a un vecindario, a un grupo social integrado a un espacio común¨ (RAMOS 1995). En el barrio ¨todo está cerca¨ y es recorrido a pie por sus habitantes, mientras que para salir del barrio, generalmente hay que tomar bus.

Por otro lado, en los barrios populares se lleva a cabo para los migrantes el tránsito de su vida rural a la urbana, diluyendo sus fronteras, a través de un proceso permanente de pervivencias, imposiciones, resistencias, transacciones e invenciones; algunas veces, migrantes provenientes de una misma provincia o municipio forman redes que los concentran en un mismo barrio, actualizando sus costumbres rurales¨ en el solar de las casas cultivan hortalizas y crían animales, mientras que a través de los medios van aprendiendo las nuevas pautas urbanas; dentro del barrio usan ruana y sombrero, pero al ir salir de él, se visten como citadinos.

Es en el barrio donde esta primera generación de migrantes establece las relaciones personales más estables y duraderas; los paisanos, los viejos compadres y los nuevos amigos, redefinen sus lealtades en torno a la nueva categoría de vecinos. Además, al barrio lo van convirtiendo en un lugar de afirmación cultural y de esparcimiento; el de los bazares, las fiestas patronales y navideñas; el de la cancha de tejo, el partido de micro y la tomada de cerveza. Para muchos de ellos, incluso, el espacio barrial también se convirtió en su sitio de trabajo, el del tallercito, la tienda, la carnicería, la panadería, la miscelánea, la venta de helados, de fritanga o de empanadas.

Para otras generaciones y actores, el barrio también es espacio de encuentro y reconocimiento. Los niños crecen, juegan y hacen amigos sobre la base del mundo barrial; los jóvenes reconquistan sus calles, esquinas, parques, haciéndolos propios; allí se encuentran y forman sus galladas y pandillas, se inician en el baile, gozan y sufren sus primeros amores. Las mujeres al estar más tiempo en el barrio, se encuentran y se reconocen en la fila del agua, del cocinol, a la llegada de la basura; al salir de compras se encuentran y conversan en las calles, supermercados y lichiguerías. En algunos casos, los viejos también van apropiándose de espacios de encuentro como las bancas del parque o algunas tiendas y tomaderos de cerveza, cuando no es que se crean clubes de abuelos o programas de Tercera Edad.

De este modo, el barrio popular se ha convertido para sus habitantes, en mediador entre la vida privada de la casa y la vida pública de la ciudad, diluyendo sus límites; al poseer una escala peatonal, de encuentros, relaciones y comunicaciones cara a cara, la vida doméstica se prolonga a la cuadra, al vecindario; pero también lo público, lo metropolitano se filtra en los consumos de la industria cultural, a través de la parabólica , el radio de la tienda, el supermercado, en las discusiones de la Asamblea Comunal, en las negociaciones y confrontaciones con los funcionarios y en las jornadas de protesta.

Pero así la identidad barrial a la que hemos hecho referencia se alimente de la experiencia compartida en la ocupación, producción y uso de un espacio, no se agota en lo territorial; es ante todo, un referente simbólico. Así el barrio popular como construcción colectiva, teje una trama de relaciones comunitarias que identifica a un número de habitantes venidos de muchos lugares y con historias familiares diversas, construyendo un nuevo ¨nosotros¨ en torno al nuevo espacio y la historia compartidos. En esta urdimbre territorial se construye una plataforma de experiencias de sus pobladores que se manifiesta en modas, lenguajes, gustos musicales, prácticas lúdicas y deportivas, creencias religiosas y, rituales (religiosos y laicos); en fin, en un imaginario colectivo que les confiere una identidad barrial popular, claramente distinguible de la de otros grupos sociales.

Esta idiosincrasia e identidad colectiva construidas desde la experiencia barrial común, se afirma cuando es reconocida por otros actores urbanos. Algunos ganan reconocimiento por la existencia de alguna actividad económica (El Restrepo y sus almacenes de calzado, San Benito y sus curtiembres); otros, por ser escenario de alguna devoción o fiesta religiosa (20 de julio, Egipto), algún evento deportivo (El Olaya y su Campeonato de la Amistad) o su manifiesta identidad política (La Perseverancia gaitanista). Cosa contraria ocurre cuando la identidad del barrio o el sector ha sido ¨etiquetada¨ desde fuera; sus habitantes resisten a ese señalamiento con el cual se les quiere marcar como invasores¨, ¨comunistas¨ o ¨peligrosos¨; al barrio El Pesebre la gente lo rebautizó como Río de Janeiro; los habitantes de Ciudad Bolívar siempre insisten ante extraños que ¨no son lo que siempre muestra la televisión¨.

3. BARRIO POPULAR Y EMERGENCIA DE IDENTIDADES DIFERENCIADAS.

A pesar de haber reconocido al barrio como espacio de identificación sociocultural de sus habitantes, no consideramos que los barrios sean ¨comunidades¨ unitarias y homogéneas., como lo imaginan algunos funcionarios, activistas y quienes no los conocen. Por el contrario, los asentamientos populares, no constituyen un universo cerrado, ni son ajenos al conjunto de procesos que afectan la vida de la ciudad y de la sociedad: son escenarios donde se expresan y emergen diferencias de diversa índole. La fragmentación que atraviesa la vida urbana, así como los conflictos propios de la sociedad contemporánea activan diferenciaciones, resistencias y proyectos, en torno a las cuales surgen y se estructuran nuevas categorías identitarias que tienen en los barrios su principal espacio de acción y expresión.

Las diferenciaciones topográficas (la parte alta y baja del barrio) o la construcción de un eje vial o de una obra pública, generan diferencias en el uso del suelo y en su valorización, diferenciando sectores dentro de un mismo barrio. El caso de Venecia es ejemplar: dado que el costo inicial de los lotes difería según su localización, una primera diferenciación tuvo lugar entre quienes compraron en el área cívica central y los demás vecinos de las áreas aledañas, generalmente obreros de las industrias cercanas; luego, la importancia ganada por la calle donde desemboca la Avenida 68 hizo que en las cuadras aledañas surgieran prósperos negocios, cuyos ¨propietarios¨ y sus intereses fueron consolidandose en la vida del barrio imponiéndole una nueva identidad; a su vez, el haberse convertido en una zona de alta confluencia, atrajo la lucrativa industria de las residencias, las cuales se fueron posesionando de un sector del barrio. Hoy, el otrora barrio obrero de los setenta y comienzos de los ochenta, es reconocido en el suroccidente capitalino como comercial y ¨residencial¨.

También, en la medida en que los barrios se consolidan, uno de los recursos más comunes para la financiación de la autoconstrucción es el arriendo parcial de la vivienda. El propietario, al ¨echar¨ el segundo piso, pasa a ocuparlo y arrienda el primero, generalmente fraccionado en ¨apartametos¨ y piezas; en algunos casos este proceso se replica con la construcción de otro nivel o del solar interior, convirtiéndose la antigua vivienda unifamiliar en un vecindario donde llegan a ¨convivir¨ diez o más familias. Los intereses del dueño y los inquilinos van diferenciándose no sólo al interior de su relación contractual, sino en su participación en la vida comunal del barrio; los fundadores del barrio, pasan a ser también los potentados y los dirigentes de la Junta de Acción Comunal, interesados en que sus propiedades se valoricen; los inquilinos, agotan sus energías en las disputas cotidianas dentro del vecindario, dándole menor importancia a los problemas de un barrio con el cual sólo hay una pertenencia parcial y temporal. De ese modo, la ¨participación¨ en las organizaciones comunales, así como en sus jornadas y actividades ¨en pro del barrio¨ se hace diferencial, ahondando distancias entre propietarios e inquilinos. 

A estas fragmentaciones socioespaciales podemos sumarles otras originadas en diferencias de tipo partidista, religiosa, de género y generacional. Durante la Violencia e incluso durante el Frente Nacional, la adhesión a un partido u otro, generó distanciamientos y tensiones; luego, la emergencia de la Anapo y posteriormente de grupos de izquierda en los barrios, generaron diferenciaciones que afloraban y se atenuaban en los ciclos electorales. En lo religioso, la incapacidad de la iglesia católica de crecer al mismo ritmo que los barrios y la emergencia de otras iglesias cristianas, abrieron un nuevo factor de diferenciación. Entre católicos de un mismo barrio, también se han dado fracturas internas por estilos o concepciones diferentes de asumir el trabajo pastoral. El nuevo estilo de iglesia surgido a partir del Concilio Vaticano y posteriormente, la influencia de la Teología de la Liberación, incentivaron la diferenciación entre grupos de creyentes progresistas, con otros más apegados a lo tradicional.

Además de estos factores fragmentadores de la identidad barrial, comunes en otros grupos socioespaciales de la ciudad, los barrios populares también son escenario de la emergencia de nuevos actores sociales, portadores de modos de ser, formas de acción y utopías inéditas. Más que situaciones de fragmentación de identidad barrial, estamos frente a la construcción de nuevas identidades colectivas que la enriquecen y pluralizan. Los casos más evidentes y documentados son los de los jóvenes y las mujeres de los sectores populares.

En la medida en que los barrios se consolidan y se supera la fase fundacional que ha concentrado todos los esfuerzos en la construcción de la casa y en la creación de la infraestructura básica, se van haciendo evidentes las diferencias generacionales. A la generación de ¨pioneros¨ (que por ende, han institucionalizado su poder dentro del barrio), le siguen la de quienes llegaron al asentamiento siendo niños o nacieron allí y que con el paso de los años se convierten en jóvenes con expectativas e intereses que no se reconocen ni pueden realizarse dentro del orden espacial, social y asociativo de los adultos. De ese modo, es en esa lucha por el reconocimiento como sujetos con sus propios deseos y proyectos, como los jóvenes deben disputar su identidad con los poderes establecidos.

El modo como se ha resuelto esa construcción de identidad como jóvenes ha estado condicionado históricamente. Así por ejemplo, a partir de la décadas del setenta, en los barrios que habían sido formados veinte años atrás, ya existe una amplia población juvenil, que ha crecido con una relación más estrecha con la cultura de masas que sus padres; educados en escuelas y colegios de secundaria pública (y por la televisión) y con pautas de consumo cultural más urbanas y permeados por la oleada de inconformismo y protesta social que sacudieron el planeta desde los sesenta, cuando no directamente por los nacientes movimientos de la izquierda criolla, estos jóvenes son portadores de una nueva subjetividad.

Estos jóvenes buscaron la calle y los espacios ¨libres¨ dentro del barrio, para reconocerse más allá de su vida familiar y escolar. Por iniciativa propia o por sus compromisos adquiridos en el mundo exterior (algunos han accedido a la Educción Media y a la Universidad pública) o promovidos por la parroquia o los Centros de Promoción Social (hoy ONGs), promovieron en sus barrios la creación de espacios de encuentro y afirmación cultural; forman grupos ¨juveniles¨ o con orientaciones específicas hacia el arte, la educación de adultos, la recreación o el deporte. Para sus actividades debieron disputarse espacios institucionalizados como las escuelas públicas, los Salones Comunales y Parroquiales o apropiarse de otros nuevos como parques y áreas verdes.

Estos espacios asociativos juveniles, por lo general fueron vistos con recelo tanto por las autoridades como por los líderes comunales, quienes los apoyaban siempre y cuando se les subordinaran; a la vez, los nuevos grupos veían en las JAC un obstáculo a sus proyectos e identidad. Así, las diferencias casi siempre tornaron en conflictos, que se agudizaban cuando aún habían espacios comunales cuyo uso estaba por definir; por ejemplo, mientras que los lideres comunales deseaban ver convertido un potrero en Salón Comunal o un parqueadero (que genere renta) los jóvenes pugnaban porque allí se estableciera una biblioteca o un parque. 

Aunque en los últimos años esta emergencia de una identidad juvenil nucleada en torno a asociaciones culturales continúa y amplía sus contenidos a otros temas como la salud y el medio ambiente, también se hace evidente que muchos jóvenes populares - en un contexto de cierre de oportunidades educativas, laborales y sociales - buscan conquistar su identidad por medios menos institucionales y más contestatarios; aglutinándose como grupos informales y pandillas en torno al consumo (en algunos casos producción) musical de ritmos como el rock, el punk y el rap., y de otros productos y símbolos ¨juveniles¨ (botines, gorros, jeanes, chaquetas..), estos jóvenes conquistan o reterritorializan algunos espacios barriales: calles, rincones, parques o construcciones abandonadas.

Estas nuevas formas sui generis de construcción de identidad – algunas acompañadas del consumo de drogas y prácticas ¨delictivas¨ - genera resistencias entre las generaciones mayores y las autoridades. En algunos casos, los líderes comunales y los comerciantes de un barrio, con el apoyo de la policía, promueven o realizan acciones de ¨limpieza social¨ contra estos jóvenes, a quienes consideran una enfermedad o lacra social. Esta estigmatización - con consecuencias fatales - de los jóvenes afianza en ellos una identidad contestataria y de resistencia a la ¨normalidad¨ imperante. Tal vez por ello, hoy la juventud popular se ha convertido en objeto de estudio y de políticas públicas y culturales por parte de diversas instituciones del poder.

Algo similar ha sucedido con las mujeres de los barrios populares en las dos últimas décadas. En un contexto de pérdida de capacidad adquisitiva y pauperización familiar y contra todo prejuicio pretérito, cada vez más es el número de mujeres que se vinculan a la generación de ingresos; algunas lo hacen desde el espacio familiar y barrial (costura, fabricación y venta de alimentos, lavado de ropas); otras deben salir del asentamiento para ir a trabajar en fábricas, talleres, almacenes y casas de familia, dejando a sus niños al cuidado de vecinas o de los hijos mayores.

Frente a esta situación, ha sido común que varias mujeres se asocien para encargarse del cuidado y atención de los niños del barrio, asumiendo – como señala Martín Barbero - ¨una maternidad colectiva¨ que se extiende a otras actividades cotidianas de la vida barrial, dado que ellas son las que permanecen más tiempo en el asentamiento y por tanto deben afrontar sus problemas cotidianos e imprevistos. Como esta labor comunitaria de las mujeres - a pesar de haber sido institucionalizadas por el gobierno como Hogares Infantiles, Jardines o madres comunitarias casi nunca es valorada adecuadamente por sus maridos y los líderes comunales, también deben luchar contra estos micropoderes su reconocimiento social.

Es así como jóvenes y mujeres de los barrios representan hoy los actores más activos en la vida asociativa en los barrios y quienes asuman una mayor participación en actividades, proyectos y programas de desarrollo comunitario, así como en redes locales o sectoriales de carácter independiente. En torno a estas prácticas, a las relaciones que con pares de otros barrios y a sus luchas comunes frente a quienes se les oponen, estos sujetos urbanos van forjando una identidad propia; deben construirla y negociarla continuamente para poder reconocerse como productores de sentido y desafiar su manipulación por los aparatos de poder (MELUCCI 1996).

Para estos casos, algunos autores (PIZZORNO 1987) prefieren hablar de ¨identificaciones¨ más que de identidades, para subrayar su carácter procesual constructivo - deconstructivo y prevenir la connotación esencialista que el lenguaje común o algunas políticas culturales quieren darle al término ¨identidad¨; en nuestro caso, seguiremos usando este último retomando las precisiones conceptuales que hicimos previamente.

En fin, vemos como los barrios, además de ser fuente de identidad aglutinadora de sus pobladores frente a otros habitantes de la ciudad, también son un espacio donde se forjan y expresan diferentes fragmentaciones y conflictos sociales que generan identidades particulares, muchas veces contrarias entre sí, pero que por esto mismo, enriquecen la trama social y cultural del mundo popular urbano. Por ello, la heterogeneidad de sujetos e identidades barriales no debe asumirse como un factor que fulmina toda pertenencia local aglutinadora; aunque a los ojos externos, la diversidad de sujetos barriales puede parecer una realidad caótica disociante, para sus pobladores esta coexistencia simultánea de varias lógicas sociales, espaciales y temporales, representa un orden propio que les garantiza control y desenvolvimiento en el barrio y defensa frente a extraños.

4. IDENTIDADES BARRIALES Y PRODUCCIÓN DE SUBJETIVIDAD.

La ciudad tiene futuro como una realidad que le da juego a la diferencia. Una racionalidad que liquida la diferencia no podrá hacer de la ciudad nada más que un infierno y por lo tanto, lo que se opone a la lógica absurda de la ciudad uniformada es una ciudad diferenciada, llena de barrios, de costumbres distintas, de fiestas distintas, de iniciativas distintas y no una ciudad programada..
Estanislao Zuleta

Las previas consideraciones sobre las identidades barriales, no se agotan en el reconocimiento y descripción de los procesos aglutinadores y diferenciadores de los sentidos de pertenencia barrial por parte de los sectores populares citadinos; también implica reconocer el potencial emancipador de estas dinámicas socioculturales frente a los procesos homogeneizadores y empobrecedores de la subjetividad individual y colectiva, promovidos por los intereses dominantes del sistema económico y cultural hegemónico: el llamado por Guattari (1995) Capitalismo Mundial Integrado (CMI).

Los procesos identitarios generados en los barrios populares constituyen un ¨frente cultural¨ (GONZALEZ 1994 y 1997), una trinchera y una alternativa frente a los procesos de masificación homogenizante e individuación promovidos por las dinámicas de mundialización capitalista; las identidades que se tejen en los barrios son, por un lado, instituyentes de subjetividad, y por otro, condición para la emergencia de nuevos sujetos sociales, a su vez portadores de inéditos sentidos de construcción social; al contribuir a la pluralización cultural y social, los procesos identitarios también se convierten en fuerza democratizadora de la sociedad.

Analizar la relación identidad - subjetividad, requiere aclarar el sentido del segundo concepto. Diversos autores actuales están reivindicando la categoría de subjetividad, frente a otras como clase o ciudadanía, dada su mayor potencial analítico. Felix Guattari (1996), la define como ¨el conjunto de condiciones por las que instancias individuales o colectivas son capaces de emerger como territorio existencial sui’referencial, en adyacencia o en relación con una alteridad, a la vez subjetiva¨. Por otro lado, Boaventura de Sousa Santos (1994) también destaca la subjetividad como ¨espacio de las diferencias individuales, de la autonomía y la libertad que se levantan contra formas opresivas que van más allá de la producción y tocan lo personal, lo social y lo cultural¨.

La categoría de subjetividad social está estrechamente relacionada con los procesos de identificación colectiva, dado que ¨involucra un conjunto de normas, valores, creencias, lenguajes y formas de aprehender el mundo, conscientes e inconscientes, físicas, intelectuales, afectivas y eróticas, desde los cuales los sujetos elaboran su experiencia existencial, sus propios sentidos de vida¨ (LAGARDE 1993). Para Hugo Zemelman, la subjetividad nos remite a una amplia gama de aspectos de la vida social (espaciales, económicos, políticos, culturales, generacionales, corporales), ritmos temporales y escalas espaciales diferentes, desde los cuales se producen y reproducen redes de relación social más o menos delimitadas, que desarrollan elementos culturales distintivos a partir de los cuales los individuos refuerzan sus vínculos sociales internos y construyen una identidad colectiva que tiende a ser contrastante frente a otras (ZEMELMAN 1997).

La subjetividad, además de alimentar y expresar las identidades colectivas emergentes, también es el terreno de producción de nuevos sentidos de lo social; como plano no totalmente subordinado a la determinación social, la subjetividad además de ser memoria, conciencia y cultura, es una dimensión donde se cuece y se expresa lo incierto, lo inédito; por ello hay que considerarla, no como un lugar social delimitado, sino como un continuo, un proceso dinámico que se concreta, se cristaliza en concepciones, en instituciones, en colectivos sociales, pero como un ¨magma¨ , la subjetividad vuelve a desbordarlas, generando nuevos aglutinadores sociales (ZEMELMAN 1997).

Por ello, la reivindicación de la subjetividad, nos conduce a otra concreción de lo social que más allá de las identidades colectivas: el de los sujetos sociales. Esta categoría - aún en formación- ha sido reivindicada por diversos cientistas sociales, por tener una amplitud y flexibilidad a otras como clase o movimiento social, propios de lo paradigmas ¨clásicos¨ de análisis social que los asocian a la existencia de un lugar o conflicto central que les otorga identidad y a un sentido histórico emancipador preexistente (LACLAU 1987).

Frente a estas concepciones esencialistas y teleológicas de los actores sociales, la categoría de sujeto social, busca expresar la multiplicidad de esferas de la sociedad donde se evidencian conflictos y posiciones de actuación social, las cuales no tienen una direccionalidad susceptible de ser preestablecida ¨a priori¨. Entenderemos por ¨sujetos sociales¨ a todos aquellos agrupamientos más delimitados y cohesionados que una población o una colectividad; no todo grupo social, así posea identidad, deviene en sujeto, en actor social; ser sujeto social implica una construcción histórica que requiere de la existencia de una memoria, una experiencia y unos imaginarios colectivos (identidad), de la elaboración de un proyecto (utopía) y de una ¨fortaleza¨ para realizarlo.

Por eso para Zemelman, un sujeto social es un nucleamiento colectivo que compartiendo una experiencia e identidad colectivas desplega prácticas aglutinadoras (organizadas o no) en torno a un proyecto, convirtiéndose en fuerza capaz de incidir en las decisiones sobre su propio destino y el de la sociedad a la cual pertenece. En un sentido similar, para Emir Sader (1990), ¨el sujeto es una colectividad donde se elabora una identidad y se organizan las prácticas, a través de las cuales sus miembros pretenden defender sus intereses y expresar sus voluntades, constituyéndose en esas luchas¨ .

De este modo, la identidad barrial es una de las condiciones para la construcción de sujetos sociales populares; esta modalidad de identidad colectiva urbana supone una memoria histórica, unas experiencias y espacios de interacción social y un horizonte compartidos que -ha venido definiendo por parte de las diferentes categorías sociales que habitan en los barrios populares, lo propio, frente a lo ajeno. Ello posibilita la capacidad de definición de intereses propios y el despliegue de prácticas dotadas de sentido (MELUCCI 1996) y de poder (ZEMELMAN 1995).

Por ello, en procesos de configuración de un nuevo sujeto colectivo se requiere hacer visibles, reconocibles y reflexivas estas dinámicas de construcción de sentido de pertenencia socioterritorial. Por ello, es necesario propiciar en los barrios y en los espacios populares suprabarriales (zonas, localidades) la realización de practicas e instituciones que activen la memoria, propicien el encuentro y reconocimiento y alimenten la utopía común.

Por ello valoramos positivamente las experiencias, los proyectos y programas que, desde las propias organizaciones de base o desde otras instituciones, buscan potenciar las identidades barriales; es el caso de los concursos de historias barriales (por primera vez realizados en Bogotá en 1997), la recuperación colectiva de la cultura y la historia barriales, la realización de festividades y ritos que animen procesos de identificación colectiva.

Para finalizar, reivindicar la subjetividad y la plural construcción de sujetos sociales desde los territorios e identidades populares urbanas, nos conduce a reconocer el potencial democratizador de tales procesos. En efecto, si la capacidad de ser sujeto social significa el poseer opción de construcción social propia (proyecto) y posibilidad de realizarla (fuerza), sólo podemos considerar como democrática una sociedad que permite la emergencia y existencia de diferentes subjetividades y proyectos, más allá de las normatividades e institucionalidades usualmente asumidas como democráticas: separación de poderes, existencia de partidos de oposición o el respeto a los derechos y garantías civiles.

Pensar la democracia más allá del plano normativo nos obliga a analizar las condiciones históricas y sociales donde tiene lugar, así como los modos como se da y se percibe la relación política - vida social. Reivindicamos la democracia como espacio de lo público donde pueden surgir diferentes creencias sobre lo posible, que pueden ser reconocidas y hacerse viables por todos los actores individuales y sociales como la capacidad para potenciar el desenvolvimiento y expresión de diferentes grupos sociales y políticos a través de proyectos, si no divergentes, al menos no coincidentes. Así, una sociedad democrática debe propiciar, o por lo menos permitir, diferentes «proyectos político ideológicos que conllevan distintas visiones de futuro, mediante los cuales los actores políticos y sociales definen el sentido de su que hacer, y por lo mismo, su propia justificación para llegar a tener presencia histórica» (ZEMELMAN 1995).

Desde esta perspectiva, la democracia no es posible dentro del actual proyecto económico y político dominante, llamado por algunos ¨era neoliberal¨ o por otros Capitalismo Mundial Integrado. En este contexto, no se crean, incluso se impiden, las posibilidades de formación de actores sociales y políticos con proyectos discrepantes del modelo económico y cultural hegemónico, marcado por el predominio absoluto de la economía capitalista de mercado, los procesos de globalización y la misma preeminencia de la democracia liberal. Por ello, se hace necesario reconocer y generar propuestas políticas y culturales alternativas que controviertan esta lógica integradora.

Una de las alternativas posibles es la reivindicacion de espacios de producción de sentido y de identificación social de gran significatividad para los sectores populares, como es el caso de los barrios populares. Estos son a la vez, memoria, experiencia y utopía, así como lugar de encuentro y reconocimientos social; como ya lo hemos señalado los barrios son una construcción histórica que resume las diversas temporalidades de las cuales se ha formado su entramado social, un lugar de relaciones intensas (algunas veces conflictivas) entre sus habitantes y de emergencia y expresión de nuevas subjetividades, actores y proyectos sociales inéditos.

Una democratización urbana que sólo contemple la ampliación de espacios de representación de ciudadanos individuales, desconociendo las identidades colectivas, las subjetividades y los sujetos sociales analizadas en este artículo, está condenada al fracaso; cuando mucho, contribuirá a una legitimación de las instituciones políticas de dominación modernas que crean una ficción democrática desde un uso controlado de la participación ciudadana y comunitaria.


MODULO No. 2

Después de la planificación

• Crisis de la planificación, espacio urbano y las transformaciones en el primer
mundo.
- El giro urbano propiciado por un nuevo orden.
- Una ciudad nueva para una nueva organización de la sociedad. La ciudad
global. Relaciones transnacionales, ciudades multiculturales.


En esta clase seguimos con el recorrido teórico en el siglo XX en que se ha pensado tanto la ciudad como las sociabilidades en su interior. Veremos los trabajos y conceptualizaciones de Oscar Lewis y la cultura de la pobreza; el CopperBelt y la Escuela de Manchester; y el Derecho a la Ciudad de la Escuela de Sociología Francesa.


LECTURA OBLIGATORIA No. 4

IMÁGENES DE LA CIUDAD. 
CLAUDIO CERDA

El rostro de la ciudad moderna se encuentra profundamente traspasado de asociaciones negativas, tal parece que esta estructura material, este artefacto que denominamos ciudad, es el culpable de muchas - sino todas- las lacras y problemas que aquejan a las personas que las habitan. Se ha hecho habitual hablar e incluso teorizar respecto de ciudades inhumanas, ciudades sin alma, urbes violentas, y un sinnúmero de epítetos que se refieren a este tipo de asentamiento cual si fuera un ser vivo y dotado de voluntad. El tema recuerda a otras animaciones que han adquirido una popularidad destacada, este es el caso del mercado quizás el más paradigmático de los ejemplos; así, se justifican diversas situaciones a partir de esta mitología animista, el despido de 300 trabajadores encuentra su motivación en lo "deprimido" que se encuentra el mercado, el alza de un determinado producto se explica a partir de un mercado que "sobrereacciona", o, planteamientos que califican de "cruel", "justo", "cauteloso" a este mismo constructo económico. Resulta entonces paradojal y casi una figura cómica que se pueda plantear con absoluta impunidad lógica que "en esta ciudad sin alma, un mercado cruel y deprimido es la causa de que un determinado grupo de personas pierda su empleo o no pueda acceder a la salud".  

Este tipo de situaciones parece desmentir la supuesta racionalidad del hombre moderno, más bien en ellas encontramos una actitud pueril, infantil, en la cual a toda costa se busca endosar culpas y pesares a otros, no importando que ese otro ni tan siquiera posea una dimensión real. Desde este punto de vista, la ciudad adjetivada y animada, aquella que puede ser "buena" o "mala" en verdad no existe.

Resulta útil, entonces, intentar encontrar algún tipo de referentes o formas indicativas de aquello que realmente constituye una ciudad. En este sentido es interesante seguir el planteamiento de David Harvey, el cual al enfrentar el núcleo de problemas que implican la relación entre espacio y fenómenos sociales, afirma que siempre se debe atender a "las prácticas humanas concretas". La posición es interesante pues aborda directamente el punto relativo a que la acción de los hombres es la que otorga una forma, un estilo, una dinámica en definitiva a este particular tipo de asentamiento que denominamos ciudad. No pretendemos caer en la ingenuidad de afirmar que "para algunos la ciudad constituye un organismo con vida propia"; no obstante, ello no implica que debamos hacer caso omiso al tratamiento que muchos autores dan al punto, el cual en definitiva se extiende al sentido común y se legitima socialmente, permitiendo al final que la construcción resultante se articule en términos de una crítica hacia "la ciudad", eludiendo el tipo de sistema social, político y cultural del cual es resultado un asentamiento humano determinado.

De los muchos efectos que este fenómeno puede generar, destaca el conjunto de imágenes que respecto de la ciudad se llegan a establecer. En este aspecto consideramos necesario ser reiterativos; mucho preocupa a las autoridades que gobiernan nuestros espacios urbanos diferentes dinámicas que se producen en los mismos. Particularmente en los últimos años el tema de la inseguridad, denominada de múltiples formas, "seguridad ciudadana" por ejemplo, se constituye en una de las imágenes más recurrentes e inquietantes; de manera similar, el tema del comercio informal, que desborda las calles y avenidas de las grandes ciudades latinoamericanas, es abordado desde la perspectiva de una supuesta ingobernabilidad de estos espacios, y a cuenta de ello se exigen responsabilidades y soluciones tajantes. En el mismo plano surgen voces que con enorme preocupación piden poner freno a la presencia de migrantes, los cuales se alzan como espectros miserables que desatan temores y antiguos brotes de xenofobia. Ninguna de estas situaciones puede ser asignada "naturalmente" a la forma de vida urbana, más bien, a nuestro juicio, el discurso que asigna responsabilidades a una forma de establecerse en el territorio o, descarga sus iras en las malas e irresponsables gestiones de la ciudad, busca obviar aspectos de orden estructural tales como: la forma en que nos relacionamos, la manera concreta en que se despliega el poder en nuestra sociedad, los contenidos de nuestra cultura y las características de nuestra historia.

La ciudad amenazada o la amenaza de la ciudad.

Una primera imagen, que en la actualidad es consensualmente aceptada, dice relación con el grave peligro al que día a día se ven expuestos quienes habitan los espacios urbanos. Así, los sondeos de opinión pública han mantenido durante prácticamente una década el tema de la seguridad personal y el miedo a ver afectada la propiedad, como la principal preocupación de los habitantes de zonas urbanas en Chile (solamente desplazada del primer lugar en los últimos años por la cesantía). El punto es interesante de ser analizado, pues no resultan coherentes los aumentos efectivos en materia de criminalidad, particularmente el robo con intimidación, con el lugar que alcanza el temor en los sondeos ya mencionados. Es posible, respecto del tema, hablar de una reacción desmesurada, ello especialmente si se compara la realidad nacional con el contexto latinoamericano . Existe algo más, entonces, que colabora en la construcción de esta imagen.

La antropóloga argentina Mónica Lacarrieu afirma que en la actualidad la problemática de las grandes ciudades se encuentra plagada de "mitos de sentido común" , estos "operan como verdades indiscutibles y a esta altura reiteradas en todo contexto académico, institucional y porque no, social" . En este sentido parece apuntar la actual percepción masiva que mantienen los habitantes de nuestras ciudades respecto de su seguridad. Nadie puede con absoluta precisión determinar en que momento la ciudad, sus espacios públicos, sus calles, se transformaron en sinónimo de temor, simplemente el asunto se da por cierto y los individuos actúan en consecuencia. Desde los asentamientos de lujo hasta las barriadas más pobres, todos tienden a tomar medidas que los aíslen, establecen diversas barreras de protección tanto materiales como simbólicas y, en el proceso, el espacio urbano se abandona, deja de pertenecer a la comunidad y a la gente, se constituye en territorio de sospecha y de sospechosos. La primacía de lo privado se impone, los parques, avenidas, la noción de "paseo" incluso, inicia su retirada; todo ello en beneficio de nuevas formas de ciudad y sociabilidad. El gran centro comercial y el resto de su estirpe, simulacros del espacio público, reemplazan a las antiguas formas; sus ventajas -en un marco de temor- son evidentes, conforman un panóptico en el cual siempre existe vigilancia, la mayor parte de las variables están controladas, incluidas ciertamente las ambientales. El exterior se articula básicamente como espacios de flujo, vías de circulación, las personas por tanto transitan de un refugio a otro, la ciudad en el intertanto tiende a desaparecer, o, a segmentarse entre quienes tienen acceso a dichos refugios y quienes deben afrontar estoicamente el páramo urbano.

Esta ciudad imaginada se asemeja a la idea de "mito de sentido común", pero como en todo mito hace referencia a un momento de inflexión, de nacimiento, origen o quiebre. Para el caso chileno la relación puede ser establecida con la historia política reciente. Así, las especiales características del debate político durante los noventa, afectan de manera directa los escenarios propios de la existencia de proyectos de sociedad excluyentes, los cuales son cambiados por un conjunto de acuerdos de base entre los principales actores políticos de la nación. Se desarrolla un consenso respecto del sistema institucional que debe regir al país, esto es un modelo democrático de gobierno. Aparentemente tampoco existen señales que indiquen un pronto cuestionamiento al modelo económico vigente; por ello y ciertamente con matices, los aspectos centrales de la discusión ideológica que caracterizó el período inmediatamente anterior a la instauración de la dictadura tienden a desaparecer. Estos son sustituidos por discusiones de tono menor, las cuales persiguen básicamente desacreditar las capacidades del adversario político para administrar el aparato del Estado y 'gestionar' el modelo de sociedad imperante. En este marco se inscribe el debate creciente respecto de la seguridad de las personas, de alguna manera se articula como argumento, arma o instrumento que discute la eficiencia y eficacia del oponente; sintomáticamente la pugna nunca llega a cuestionar las bases sobre las que se edifica el sistema y ello es lógico, la intención en ningún momento es esa. Los medios de comunicación masivos constituyen el principal campo de batalla de los beligerantes, estos cumplen la misión de establecer una sociedad virtual, la cual trae aparejada una ciudad virtual llena de sombras y amenazas, ante la cual los gladiadores elevan exponencialmente sus posturas, sus ofertas de pacificación y protección.

El resultado operacional es una ciudad cada vez más ausente y desconocida, no sabemos finalmente que urbe es la que habitamos; sarcástimente quienes impulsan esta configuración quedan presos del mito que colaboran a construir, deben seguir respondiendo a un fenómeno que desconocen y haciéndose responsables de las supuestas consecuencias del mismo.

De la ciudad del ajuste a la ciudad de la crisis.

Los años ochenta fueron testigos de los procesos de ajuste a las economías latinoamericanas, básicamente durante el período se transitó hacia un modelo en el cual el Estado disminuyó su presencia en beneficio de la iniciativa privada. El espíritu que inspiraba esta transformación recuerda en parte la situación vivida en la década de los cincuenta y parte de los años sesenta, durante ese lapso se vio crecer y caer abruptamente la esperanza cifrada en la industrialización. En esta se depositó una enorme cantidad de esperanzas, sería la industria localizada en las grandes ciudades, ya consolidadas por entonces, la que proporcionaría empleo a las grandes masas humanas que migraban desde el mundo rural atraídas por los destellos de la ciudad; no obstante la esperanza se desvaneció, no bastó con la promesa que los recién llegados se incorporarían plenamente a un nuevo modo de vida - y a sus ventajas - luego de reconvertirse, de adquirir habilidades nuevas; simplemente no ocurrió y quienes llegaban pasaron a conformar uno de los cuadros más patéticos de la urbanización del continente, esto es la marginalidad urbana. Años más tarde el ajuste constituyó una realidad diferente desde una óptica histórica, social y política, sin embargo la promesa de tiempos mejores siempre estuvo presente en tanto el elemento en el que se justificaban los enormes sacrificios a los que gran parte de la población se debió enfrentar, la similitud alcanza también a los efectos, Graciela Schneier describía estos para las ciudades al finalizar la década:

"Hoy en día se observa un doble proceso en las ciudades latinoamericanas: el Estado se ha retirado del campo social, y sectores enteros de la actividad estatal han sido descentralizados o privatizados, mientras que una administración urbana improvisada diariamente ha sustituido las políticas urbanísticas. El peligro estriba en la fragilidad del apoyo popular, en los límites del juego democrático, en el deterioro permanente de la situación económica y en la tentación, para las fuerzas llamadas 'nuevas' de caer en la demagogia".

No obstante lo expresado, diversos países latinoamericanos consiguieron crecer a tasas importantes luego de concluidos los denominados procesos de ajuste. Sin embargo, ninguno de ellos consigue superar el fenómeno de una desigual distribución del ingreso, particularmente el caso chileno constituye un ejemplo de ello. El punto se traduce en una significativa inequidad y en el desarrollo de gigantescos contrastes sociales, expresados en segregación urbana y la mantención de niveles de pobreza con carácter estructural. A partir de 1998 se comienza a desarrollar un nuevo período de emergencia en la economía mundial, esto en virtud de la denominada "crisis asiática". Esta situación, para recordar una imagen reiterada, comenzó como una gripe en algunos países asiáticos y culminó en una bronconeumonía generalizada en Latinoamérica, la cual a la fecha no muestra visos de superación.

En Chile, el proceso se vive de manera similar a las ya muy familiares estampas urbanas de diversas crisis. Han retornado a las calles masivamente los antiguos "guerreros del paseo Ahumada" , estos vendedores ambulantes de los más heterogéneos productos, ofrecen sus mercancías a un público hambriento de consumo barato y lo hacen en medio de una interminable batalla con la policía. El "ambulante" parece poseer el don de la ubicuidad, omnipresente se destaca como un actor característico del paisaje de nuestras calles y, paradojalmente aquello que pudiera ser entendido como una estrategia de sobrevivencia de este grupo, se articula también como un mecanismo fundamental de aprovisionamiento de un amplio sector de nuestra sociedad. Desde un punto de vista económico (por lo menos como se entiende la economía en su versión neoliberal), el fenómeno debe ser detenido pues atenta contra la economía formal, ello le resta "energía" y "dinamismo" a esta última. Empero, el despliegue de una economía informal en la enorme vitrina de las cunetas constituye un mecanismo adaptativo. ¿Cómo proveer sino de pan, techo y abrigo a estas grandes cantidades de personas que se vuelcan a las calles en procura de mínimos recursos?. La institucionalidad económica es incapaz de entregar una respuesta alternativa, por lo menos así se ha demostrado hasta el momento; existen quienes podrán alegar que esto no es correcto y quizás tengan razón, en el intertanto para las enormes masas de desempleados o subempleados que se encuentran impedidos de esperar que la economía capitalista supere sus contradicciones, la lucha cotidiana por ganarle a la policía y hegemonizar territorios conforma la mejor alternativa para sobrevivir. La calle para este grupo implica un locus de recursos y se orientan hacia ella en términos de un medio ambiente al cual se debe arrancar cotidianamente el sustento.

La informalidad económica tiene también una cierta gradualidad, de alguna manera establece un modus vivendi con el poder, en este empeño la autoridad conserva simbólicamente su prestigio -no abdica-, sin embargo permite que tras un tenue manto de dignidad normativa se articule un poderoso mercado alternativo de lo informal. Ejemplo de ello es las "Ferias Persas", el congénere más contemporáneo de los antiguos mercados de las pulgas o mercado persa, a secas. La presencia de estas ferias es también una característica destacada de nuestras ciudades tanto así que, irónicamente, si la condición de Persa se midiera por la cantidad de mercados de este tipo existentes en una ciudad, Santiago de Chile debiera ser considerada una provincia iraní.

Este tipo de comercio da cuenta del carácter de una ciudad, al mismo tiempo que entrega antecedentes con relación a la actitud, la mirada con que las personas se orientan en el espacio urbano. Así desde el punto de vista de la localización del comercio informal, específicamente el último caso aludido, este tipo de actividad constituye parte de la dualidad que presentan las ciudades. Esto de alguna manera rompe con el sueño modernizador de las burocracias gubernamentales y el discurso justificatorio de los intectuales orgánicos del sistema; en especial las ciudades del tercer mundo siguen siendo segregadas territorialmente y duales desde el punto de vista del acceso diferenciado que tienen sus habitantes respecto de infraestructura, equipamientos y servicios. Así, el mundo de la informalidad representa la otra ciudad, aquella que no se incluye en el proyecto modernizador y global, o, tal vez aún más inquietante, el soporte en el que se sostiene dicho proyecto.

Desde una óptica cultural, al interior de los barrios y zonas donde se despliega mayormente lo informal, se produce una reinvención de los iconos de la modernidad. La tecnología es un buen ejemplo de ello; el manejo, trato y propuesta inmaculado, aséptico que se asocia con esta es subvertido en escaparates precarios, donde se ofertan programas informáticos, discos compactos de música y entretención a precios nimios. El status adherido a la telefonía celular por la industria del marketing, concluye abruptamente cuando manos toscas y exentas de otra intencionalidad que no sea la práctica, destripan aparatos y cortan, agregan, ajustan o reparan en un escenario tumultuoso y abigarrado, mientras los gritos anunciando otras ofertas y el aire lleno de olores a fritura entregan un marco pleno de significados diferentes a aquellos en que fueron concebidos estos símbolos de nuestra modernidad.

La ciudad del extranjero.

Dentro de las estampas urbanas posibles de rescatar para construir una semblanza de la ciudad, resalta la figura del extranjero. Santiago de Chile, caracterizado como la capital de uno de los países latinoamericanos de mayor y sostenido crecimiento económico (por lo menos hasta 1998), surge como un polo de atracción para personas que por motivos principalmente laborales deciden migrar desde otros países de la región. El atractivo se ve reforzado por que "no deben enfrentar barreras idiomáticas insalvables o historias absolutamente desconocidas, más aún las mismas distancias - no siendo cortas - permiten pensar el territorio de origen como algo posible, vale decir el paso de trasladarse no resulta un salto al vacío o una quema de naves. A diferencia de anteriores migrantes el actual posee una experiencia de vida urbana, por lo cual su inserción en esa realidad no resulta necesariamente traumática" .

El extranjero llega por tanto en busca de oportunidades, su principal perspectiva tiene que ver con la posibilidad de mejorar su nivel de vida personal y familiar; en muchos casos sus lazos con el país de origen no se interrumpen, dado que su ausencia de este es entendida como temporal y tendiente a mejorar ingresos para allegarlos a sus cercanos que quedaron en la patria. Esta estrategia no es desconocida para los chilenos, ello pues individuos de esta nacionalidad, en cifras cercanas al millón de personas, permanecen fuera de las fronteras de su país. Así pues, si observamos el contexto general, Chile hace parte de una corriente mayor de flujos poblacionales que se desplazan en distintas direcciones. El resultado esperable de tales procesos es la conformación de un espacio urbano bastante más heterogéneo que la pauta histórica conocida en nuestro país.

De la constatación realizada surgen preguntas respecto de las formas de integración de los migrantes en nuestra realidad. "Ligado a lo expuesto surge un punto de interés, esto tiene que ver con las características que asumen los espacios ocupados por los migrantes. En este sentido es posible asumir de manera facilista que la tendencia de estos grupos pasa por una de dos posibilidades, esto es: busca integrarse, mimetizarse con el nuevo entorno físico y humano, o, se apartan, se autoexcluyen. No obstante parece ser que estas no son las únicas alternativas. Así, es posible hipotetizar que el migrante intente reconstruir en un nuevo espacio territorial la cultura de la cual proviene, vale decir, desterritorialice los rasgos culturales que definían sus entornos originales e intente reconstruirlos en un espacio diferente, estableciendo así términos y condiciones propias mediante las que configurar su relación con la ciudad y los espacios en los cuales debe iniciar su nueva vida" .

Tanto el desarrollo de una mayor heterogeneidad como una posible reterritorialización de formas culturales parecen ser temas que para nuestro caso pueden ser puestos entre paréntesis. Con relación a lo primero la mera presencia de "otros" en las calles de las ciudades chilenas no necesariamente habla de diversidad, de cruces o mixturas. En lo puntual las migraciones más recientes, compuestas básicamente por peruanos, bolivianos y ecuatorianos (los grupos más significativos) no son asimiladas sino más bien excluidos, prueba de esto es que su presencia en la ciudad es notoria debido a que permanecen juntos, existen lugares a los que convergen y en los cuales son fácilmente reconocibles. Tras esta necesidad de agrupamiento se denota la no integración, sólo entre iguales obtienen el reconocimiento que requieren, pocas situaciones hablan de acogida. Aún más, incluso en estos pequeños espacios que consiguen reivindicar no obtienen legitimidad, tal es caso de la Plaza de Armas de Santiago, lugar desde el que en virtud de importantes razones estéticas y de seguridad fueron desplazados (caso peruano), estas buenas razones fueron reforzadas mediante el contundente argumento de la presencia policial. Malamente es posible entonces reconocer heterogeneidad en un plano de negación de la misma, por cierto que esta no existe a partir de la sola tolerancia para que los extranjeros se desplacen por las vías públicas, la heterogeneidad es factible de reconocer en cuanto la diversidad puede organizarse legítimamente en un territorio determinado. En cuanto a la reconstrucción de identidades culturales de migrantes, las dificultades son bastante extendidas; con la excepción de pequeñas alternativas como son algunos locales de comida o centros "culturales", los que deben ser entendidos más bien como refugios, la ciudad no reconoce zonas o áreas de identidad para estos recién llegados.

El tema, visto desde un ángulo mayor, resulta contradictorio con el discurso formal u oficial imperante. La gran vocación, el proyecto-país, se relaciona con la inserción acelerada en la comunidad internacional, particularmente en todo aquello que se vincula con la economía mundializada. Puestas así las cosas, es un contrasentido que uno de los efectos más obvios de la apertura al mundo, vale decir la circulación e intercambio de población, no sea aceptada con naturalidad. La materia es de difícil abordaje, ello pues Chile ha acogido anteriormente a extranjeros destinados a avecindarse en su territorio, incluso en ciertas situaciones con un entusiasmo que bordea la xenofilia (cuestión que resurge en cada oportunidad que el migrante procede de Europa o Norteamérica), sin embargo la actitud varía notablemente cuando la procedencia es distinta. Quizás lo que opera en el fondo es una suerte de juegos de espejos, la elite nacional se refleja en el mundo blanco y desarrollado, mientras que el resto de los segmentos sociales del país se reflejan en la elite, ello excluye por tanto cualquier reflejo no contemplado en el imaginario societal.

Termina de conformar el cuadro descrito el siguiente planteamiento: "los procesos de integración en la región se acompañan de flujos migratorios que, especialmente en el caso de las naciones fronterizas, tienen un alto componente de personas de bajos niveles de educación. La discriminación frente a estas personas podría, incluso, admitir el cambio de la lectura de 'un problema' al de 'un conflicto' social radicado entre pares. De esta forma, además de la prevalencia de argumentaciones como las señaladas, la xenofobia podría mantener su expresión inspirada en el vecino, el que además, es alimentado por históricas controversias y diferencias limítrofes, y por orientaciones y contenidos de la educación cívica en que se privilegian valores nacionales y exaltaciones al patriotismo. Los brotes xenófobos fundados en el prejuicio latente y en las distintas formas de representación social del extranjero emergen entonces como respuesta esperada a una aguda desocupación, como defensa de prioridades o como estrategia ante amenazas que se perciben, entre otras instancias. Son una realidad posible en los procesos de integración que suponen una mayor propensión de la migración intrarregional"

Resulta interesante destacar como la mayor parte de los elementos que se desprenden de la cita anterior, están presentes en la actitud que se advierte en nuestros espacios urbanos respecto del migrante. En especial la mirada que históricamente han construido los chilenos respecto de sus vecinos del norte surge pletórica de condescendencia y subvaloración; tradicionalmente en los sectores populares se califica despectivamente a los peruanos y bolivianos como indios o cholos - lo cual resulta en la práctica una ironía, ya que la mayor parte de la población chilena es resultado del mestizaje -. A este rechazo subjetivo se agrega aquel fundado en una supuesta disputa por puestos de trabajo, estructurándose de esta manera un rechazo hacia el migrante en el seno de los sectores populares, espacio en el cual se debe mover cotidianamente.

Comentarios finales

La trilogía de imágenes que hemos abordado, se enmarcan dentro de la idea de representación que el concepto de imagen puede alcanzar, esto en un sentido directo o indirecto, inmediato o traspuesto, de un referente material, moral o intelectual, tal como lo plantea Augé . Para el caso de las imágenes mentales y, siguiendo al mismo autor, estas se vinculan con las percepciones o "los efectos de la imaginación, están asociadas a las palabras y a los conceptos. Estas se autonomizan relativamente en los fantasmas , las alucinaciones o en los sueños. Diferentes de las simples representaciones, los registros de lo real -fotografías, películas de cine- vuelven compleja la relación entre lo real y su representación o entre las relaciones entre lo real y la ficción" . Las imágenes de la ciudad recogidas aquí, pretenden ser representaciones, parte de un registro o inventario de lo real, distinguiéndose en el intento de la imagen mental; estamos ciertos que es prácticamente imposible eludir la carga subjetiva, por lo cual nuestra búsqueda de representar siempre será limitada y autorreferente. No obstante, la búsqueda resulta ser en si misma valiosa, creemos que en particular los antropólogos no pueden ni deben abdicar nunca de ella en pos de alcanzar la objetividad.

El intento que se propone en estas páginas, pretende aportar más antecedentes a una suerte de relato unívoco existente respecto de los espacios urbanos, versión de la cual se desprende una imagen culpable de la ciudad - cuando se trata de buscar responsables de ciertos fenómenos que se producen al interior de esta - , o, en el extremo opuesto, pintar una imaginería en la que se mezcla una modernidad triunfante con metrópolis de ensueño. Cualquiera de estas narraciones son insuficientes, siendo la tarea del antropólogo develar el conjunto de aspectos que se mezclan, sobreponen o imponen en la ciudad operante.

No creemos sea válido trabajar con una "imagen dada" de la ciudad, ello debido a que este tipo de obsequios tienen mucho de presente griego. En este sentido Augé plantea que "en las situaciones de contacto cultural y colonización, uno de los terrenos de encuentro y de enfrentamiento es....el del imaginario. Las estrategias de conversión se parecen a una guerra de imágenes que es necesario ganar para disminuir el núcleo de la última resistencia". De allí que exista la necesidad de mirar con atención las escenas urbanas; tras las aparentemente inocuas construcciones mediáticas de rechazo a la inseguridad ciudadana, los bien intencionados llamados a cuidar la "pureza económica" amenazada por la informalidad, o, la soterrada sospecha respecto del extranjero, existe un universo de intenciones que, en otro contexto Augé releva. Así, este autor señala que en oportunidades quién posee las herramientas del poder procura desplazar el imaginario colectivo de una sociedad hacia el plano de la ficción, "implantando en el polo de lo Imaginario Colectivo" nuevas creencias y contenidos coherentes y afines con el poder.

Vale entonces preguntarnos respecto de que es lo perdido, cual es la ciudad detrás del imaginario impuesto.