• Crisis de la planificación, espacio urbano y las transformaciones en el primer
mundo.
- El giro urbano propiciado por un nuevo orden.
- Una ciudad nueva para una nueva organización de la sociedad. La ciudad
global. Relaciones transnacionales, ciudades multiculturales.
En esta clase
seguimos con el recorrido teórico en el siglo XX en que se ha pensado tanto la
ciudad como las sociabilidades en su interior. Veremos los trabajos y
conceptualizaciones de Oscar Lewis y la cultura de la pobreza; el CopperBelt y
la Escuela de Manchester; y el Derecho a la Ciudad de la Escuela de Sociología
Francesa.
LECTURA OBLIGATORIA No. 4
IMÁGENES DE LA CIUDAD.
CLAUDIO CERDA
El rostro de la ciudad moderna se encuentra profundamente traspasado de asociaciones negativas, tal parece que esta estructura material, este artefacto que denominamos ciudad, es el culpable de muchas - sino todas- las lacras y problemas que aquejan a las personas que las habitan. Se ha hecho habitual hablar e incluso teorizar respecto de ciudades inhumanas, ciudades sin alma, urbes violentas, y un sinnúmero de epítetos que se refieren a este tipo de asentamiento cual si fuera un ser vivo y dotado de voluntad. El tema recuerda a otras animaciones que han adquirido una popularidad destacada, este es el caso del mercado quizás el más paradigmático de los ejemplos; así, se justifican diversas situaciones a partir de esta mitología animista, el despido de 300 trabajadores encuentra su motivación en lo "deprimido" que se encuentra el mercado, el alza de un determinado producto se explica a partir de un mercado que "sobrereacciona", o, planteamientos que califican de "cruel", "justo", "cauteloso" a este mismo constructo económico. Resulta entonces paradojal y casi una figura cómica que se pueda plantear con absoluta impunidad lógica que "en esta ciudad sin alma, un mercado cruel y deprimido es la causa de que un determinado grupo de personas pierda su empleo o no pueda acceder a la salud".
Este tipo de situaciones parece desmentir la supuesta racionalidad del hombre moderno, más bien en ellas encontramos una actitud pueril, infantil, en la cual a toda costa se busca endosar culpas y pesares a otros, no importando que ese otro ni tan siquiera posea una dimensión real. Desde este punto de vista, la ciudad adjetivada y animada, aquella que puede ser "buena" o "mala" en verdad no existe.
Resulta útil, entonces, intentar encontrar algún tipo de referentes o formas indicativas de aquello que realmente constituye una ciudad. En este sentido es interesante seguir el planteamiento de David Harvey, el cual al enfrentar el núcleo de problemas que implican la relación entre espacio y fenómenos sociales, afirma que siempre se debe atender a "las prácticas humanas concretas". La posición es interesante pues aborda directamente el punto relativo a que la acción de los hombres es la que otorga una forma, un estilo, una dinámica en definitiva a este particular tipo de asentamiento que denominamos ciudad. No pretendemos caer en la ingenuidad de afirmar que "para algunos la ciudad constituye un organismo con vida propia"; no obstante, ello no implica que debamos hacer caso omiso al tratamiento que muchos autores dan al punto, el cual en definitiva se extiende al sentido común y se legitima socialmente, permitiendo al final que la construcción resultante se articule en términos de una crítica hacia "la ciudad", eludiendo el tipo de sistema social, político y cultural del cual es resultado un asentamiento humano determinado.
De los muchos efectos que este fenómeno puede generar, destaca el conjunto de imágenes que respecto de la ciudad se llegan a establecer. En este aspecto consideramos necesario ser reiterativos; mucho preocupa a las autoridades que gobiernan nuestros espacios urbanos diferentes dinámicas que se producen en los mismos. Particularmente en los últimos años el tema de la inseguridad, denominada de múltiples formas, "seguridad ciudadana" por ejemplo, se constituye en una de las imágenes más recurrentes e inquietantes; de manera similar, el tema del comercio informal, que desborda las calles y avenidas de las grandes ciudades latinoamericanas, es abordado desde la perspectiva de una supuesta ingobernabilidad de estos espacios, y a cuenta de ello se exigen responsabilidades y soluciones tajantes. En el mismo plano surgen voces que con enorme preocupación piden poner freno a la presencia de migrantes, los cuales se alzan como espectros miserables que desatan temores y antiguos brotes de xenofobia. Ninguna de estas situaciones puede ser asignada "naturalmente" a la forma de vida urbana, más bien, a nuestro juicio, el discurso que asigna responsabilidades a una forma de establecerse en el territorio o, descarga sus iras en las malas e irresponsables gestiones de la ciudad, busca obviar aspectos de orden estructural tales como: la forma en que nos relacionamos, la manera concreta en que se despliega el poder en nuestra sociedad, los contenidos de nuestra cultura y las características de nuestra historia.
La ciudad amenazada o la amenaza de la ciudad.
Una primera imagen, que en la actualidad es consensualmente aceptada, dice relación con el grave peligro al que día a día se ven expuestos quienes habitan los espacios urbanos. Así, los sondeos de opinión pública han mantenido durante prácticamente una década el tema de la seguridad personal y el miedo a ver afectada la propiedad, como la principal preocupación de los habitantes de zonas urbanas en Chile (solamente desplazada del primer lugar en los últimos años por la cesantía). El punto es interesante de ser analizado, pues no resultan coherentes los aumentos efectivos en materia de criminalidad, particularmente el robo con intimidación, con el lugar que alcanza el temor en los sondeos ya mencionados. Es posible, respecto del tema, hablar de una reacción desmesurada, ello especialmente si se compara la realidad nacional con el contexto latinoamericano . Existe algo más, entonces, que colabora en la construcción de esta imagen.
La antropóloga argentina Mónica Lacarrieu afirma que en la actualidad la problemática de las grandes ciudades se encuentra plagada de "mitos de sentido común" , estos "operan como verdades indiscutibles y a esta altura reiteradas en todo contexto académico, institucional y porque no, social" . En este sentido parece apuntar la actual percepción masiva que mantienen los habitantes de nuestras ciudades respecto de su seguridad. Nadie puede con absoluta precisión determinar en que momento la ciudad, sus espacios públicos, sus calles, se transformaron en sinónimo de temor, simplemente el asunto se da por cierto y los individuos actúan en consecuencia. Desde los asentamientos de lujo hasta las barriadas más pobres, todos tienden a tomar medidas que los aíslen, establecen diversas barreras de protección tanto materiales como simbólicas y, en el proceso, el espacio urbano se abandona, deja de pertenecer a la comunidad y a la gente, se constituye en territorio de sospecha y de sospechosos. La primacía de lo privado se impone, los parques, avenidas, la noción de "paseo" incluso, inicia su retirada; todo ello en beneficio de nuevas formas de ciudad y sociabilidad. El gran centro comercial y el resto de su estirpe, simulacros del espacio público, reemplazan a las antiguas formas; sus ventajas -en un marco de temor- son evidentes, conforman un panóptico en el cual siempre existe vigilancia, la mayor parte de las variables están controladas, incluidas ciertamente las ambientales. El exterior se articula básicamente como espacios de flujo, vías de circulación, las personas por tanto transitan de un refugio a otro, la ciudad en el intertanto tiende a desaparecer, o, a segmentarse entre quienes tienen acceso a dichos refugios y quienes deben afrontar estoicamente el páramo urbano.
Esta ciudad imaginada se asemeja a la idea de "mito de sentido común", pero como en todo mito hace referencia a un momento de inflexión, de nacimiento, origen o quiebre. Para el caso chileno la relación puede ser establecida con la historia política reciente. Así, las especiales características del debate político durante los noventa, afectan de manera directa los escenarios propios de la existencia de proyectos de sociedad excluyentes, los cuales son cambiados por un conjunto de acuerdos de base entre los principales actores políticos de la nación. Se desarrolla un consenso respecto del sistema institucional que debe regir al país, esto es un modelo democrático de gobierno. Aparentemente tampoco existen señales que indiquen un pronto cuestionamiento al modelo económico vigente; por ello y ciertamente con matices, los aspectos centrales de la discusión ideológica que caracterizó el período inmediatamente anterior a la instauración de la dictadura tienden a desaparecer. Estos son sustituidos por discusiones de tono menor, las cuales persiguen básicamente desacreditar las capacidades del adversario político para administrar el aparato del Estado y 'gestionar' el modelo de sociedad imperante. En este marco se inscribe el debate creciente respecto de la seguridad de las personas, de alguna manera se articula como argumento, arma o instrumento que discute la eficiencia y eficacia del oponente; sintomáticamente la pugna nunca llega a cuestionar las bases sobre las que se edifica el sistema y ello es lógico, la intención en ningún momento es esa. Los medios de comunicación masivos constituyen el principal campo de batalla de los beligerantes, estos cumplen la misión de establecer una sociedad virtual, la cual trae aparejada una ciudad virtual llena de sombras y amenazas, ante la cual los gladiadores elevan exponencialmente sus posturas, sus ofertas de pacificación y protección.
El resultado operacional es una ciudad cada vez más ausente y desconocida, no sabemos finalmente que urbe es la que habitamos; sarcástimente quienes impulsan esta configuración quedan presos del mito que colaboran a construir, deben seguir respondiendo a un fenómeno que desconocen y haciéndose responsables de las supuestas consecuencias del mismo.
De la ciudad del ajuste a la ciudad de la crisis.
Los años ochenta fueron testigos de los procesos de ajuste a las economías latinoamericanas, básicamente durante el período se transitó hacia un modelo en el cual el Estado disminuyó su presencia en beneficio de la iniciativa privada. El espíritu que inspiraba esta transformación recuerda en parte la situación vivida en la década de los cincuenta y parte de los años sesenta, durante ese lapso se vio crecer y caer abruptamente la esperanza cifrada en la industrialización. En esta se depositó una enorme cantidad de esperanzas, sería la industria localizada en las grandes ciudades, ya consolidadas por entonces, la que proporcionaría empleo a las grandes masas humanas que migraban desde el mundo rural atraídas por los destellos de la ciudad; no obstante la esperanza se desvaneció, no bastó con la promesa que los recién llegados se incorporarían plenamente a un nuevo modo de vida - y a sus ventajas - luego de reconvertirse, de adquirir habilidades nuevas; simplemente no ocurrió y quienes llegaban pasaron a conformar uno de los cuadros más patéticos de la urbanización del continente, esto es la marginalidad urbana. Años más tarde el ajuste constituyó una realidad diferente desde una óptica histórica, social y política, sin embargo la promesa de tiempos mejores siempre estuvo presente en tanto el elemento en el que se justificaban los enormes sacrificios a los que gran parte de la población se debió enfrentar, la similitud alcanza también a los efectos, Graciela Schneier describía estos para las ciudades al finalizar la década:
"Hoy en día se observa un doble proceso en las ciudades latinoamericanas: el Estado se ha retirado del campo social, y sectores enteros de la actividad estatal han sido descentralizados o privatizados, mientras que una administración urbana improvisada diariamente ha sustituido las políticas urbanísticas. El peligro estriba en la fragilidad del apoyo popular, en los límites del juego democrático, en el deterioro permanente de la situación económica y en la tentación, para las fuerzas llamadas 'nuevas' de caer en la demagogia".
No obstante lo expresado, diversos países latinoamericanos consiguieron crecer a tasas importantes luego de concluidos los denominados procesos de ajuste. Sin embargo, ninguno de ellos consigue superar el fenómeno de una desigual distribución del ingreso, particularmente el caso chileno constituye un ejemplo de ello. El punto se traduce en una significativa inequidad y en el desarrollo de gigantescos contrastes sociales, expresados en segregación urbana y la mantención de niveles de pobreza con carácter estructural. A partir de 1998 se comienza a desarrollar un nuevo período de emergencia en la economía mundial, esto en virtud de la denominada "crisis asiática". Esta situación, para recordar una imagen reiterada, comenzó como una gripe en algunos países asiáticos y culminó en una bronconeumonía generalizada en Latinoamérica, la cual a la fecha no muestra visos de superación.
En Chile, el proceso se vive de manera similar a las ya muy familiares estampas urbanas de diversas crisis. Han retornado a las calles masivamente los antiguos "guerreros del paseo Ahumada" , estos vendedores ambulantes de los más heterogéneos productos, ofrecen sus mercancías a un público hambriento de consumo barato y lo hacen en medio de una interminable batalla con la policía. El "ambulante" parece poseer el don de la ubicuidad, omnipresente se destaca como un actor característico del paisaje de nuestras calles y, paradojalmente aquello que pudiera ser entendido como una estrategia de sobrevivencia de este grupo, se articula también como un mecanismo fundamental de aprovisionamiento de un amplio sector de nuestra sociedad. Desde un punto de vista económico (por lo menos como se entiende la economía en su versión neoliberal), el fenómeno debe ser detenido pues atenta contra la economía formal, ello le resta "energía" y "dinamismo" a esta última. Empero, el despliegue de una economía informal en la enorme vitrina de las cunetas constituye un mecanismo adaptativo. ¿Cómo proveer sino de pan, techo y abrigo a estas grandes cantidades de personas que se vuelcan a las calles en procura de mínimos recursos?. La institucionalidad económica es incapaz de entregar una respuesta alternativa, por lo menos así se ha demostrado hasta el momento; existen quienes podrán alegar que esto no es correcto y quizás tengan razón, en el intertanto para las enormes masas de desempleados o subempleados que se encuentran impedidos de esperar que la economía capitalista supere sus contradicciones, la lucha cotidiana por ganarle a la policía y hegemonizar territorios conforma la mejor alternativa para sobrevivir. La calle para este grupo implica un locus de recursos y se orientan hacia ella en términos de un medio ambiente al cual se debe arrancar cotidianamente el sustento.
La informalidad económica tiene también una cierta gradualidad, de alguna manera establece un modus vivendi con el poder, en este empeño la autoridad conserva simbólicamente su prestigio -no abdica-, sin embargo permite que tras un tenue manto de dignidad normativa se articule un poderoso mercado alternativo de lo informal. Ejemplo de ello es las "Ferias Persas", el congénere más contemporáneo de los antiguos mercados de las pulgas o mercado persa, a secas. La presencia de estas ferias es también una característica destacada de nuestras ciudades tanto así que, irónicamente, si la condición de Persa se midiera por la cantidad de mercados de este tipo existentes en una ciudad, Santiago de Chile debiera ser considerada una provincia iraní.
Este tipo de comercio da cuenta del carácter de una ciudad, al mismo tiempo que entrega antecedentes con relación a la actitud, la mirada con que las personas se orientan en el espacio urbano. Así desde el punto de vista de la localización del comercio informal, específicamente el último caso aludido, este tipo de actividad constituye parte de la dualidad que presentan las ciudades. Esto de alguna manera rompe con el sueño modernizador de las burocracias gubernamentales y el discurso justificatorio de los intectuales orgánicos del sistema; en especial las ciudades del tercer mundo siguen siendo segregadas territorialmente y duales desde el punto de vista del acceso diferenciado que tienen sus habitantes respecto de infraestructura, equipamientos y servicios. Así, el mundo de la informalidad representa la otra ciudad, aquella que no se incluye en el proyecto modernizador y global, o, tal vez aún más inquietante, el soporte en el que se sostiene dicho proyecto.
Desde una óptica cultural, al interior de los barrios y zonas donde se despliega mayormente lo informal, se produce una reinvención de los iconos de la modernidad. La tecnología es un buen ejemplo de ello; el manejo, trato y propuesta inmaculado, aséptico que se asocia con esta es subvertido en escaparates precarios, donde se ofertan programas informáticos, discos compactos de música y entretención a precios nimios. El status adherido a la telefonía celular por la industria del marketing, concluye abruptamente cuando manos toscas y exentas de otra intencionalidad que no sea la práctica, destripan aparatos y cortan, agregan, ajustan o reparan en un escenario tumultuoso y abigarrado, mientras los gritos anunciando otras ofertas y el aire lleno de olores a fritura entregan un marco pleno de significados diferentes a aquellos en que fueron concebidos estos símbolos de nuestra modernidad.
La ciudad del extranjero.
Dentro de las estampas urbanas posibles de rescatar para construir una semblanza de la ciudad, resalta la figura del extranjero. Santiago de Chile, caracterizado como la capital de uno de los países latinoamericanos de mayor y sostenido crecimiento económico (por lo menos hasta 1998), surge como un polo de atracción para personas que por motivos principalmente laborales deciden migrar desde otros países de la región. El atractivo se ve reforzado por que "no deben enfrentar barreras idiomáticas insalvables o historias absolutamente desconocidas, más aún las mismas distancias - no siendo cortas - permiten pensar el territorio de origen como algo posible, vale decir el paso de trasladarse no resulta un salto al vacío o una quema de naves. A diferencia de anteriores migrantes el actual posee una experiencia de vida urbana, por lo cual su inserción en esa realidad no resulta necesariamente traumática" .
El extranjero llega por tanto en busca de oportunidades, su principal perspectiva tiene que ver con la posibilidad de mejorar su nivel de vida personal y familiar; en muchos casos sus lazos con el país de origen no se interrumpen, dado que su ausencia de este es entendida como temporal y tendiente a mejorar ingresos para allegarlos a sus cercanos que quedaron en la patria. Esta estrategia no es desconocida para los chilenos, ello pues individuos de esta nacionalidad, en cifras cercanas al millón de personas, permanecen fuera de las fronteras de su país. Así pues, si observamos el contexto general, Chile hace parte de una corriente mayor de flujos poblacionales que se desplazan en distintas direcciones. El resultado esperable de tales procesos es la conformación de un espacio urbano bastante más heterogéneo que la pauta histórica conocida en nuestro país.
De la constatación realizada surgen preguntas respecto de las formas de integración de los migrantes en nuestra realidad. "Ligado a lo expuesto surge un punto de interés, esto tiene que ver con las características que asumen los espacios ocupados por los migrantes. En este sentido es posible asumir de manera facilista que la tendencia de estos grupos pasa por una de dos posibilidades, esto es: busca integrarse, mimetizarse con el nuevo entorno físico y humano, o, se apartan, se autoexcluyen. No obstante parece ser que estas no son las únicas alternativas. Así, es posible hipotetizar que el migrante intente reconstruir en un nuevo espacio territorial la cultura de la cual proviene, vale decir, desterritorialice los rasgos culturales que definían sus entornos originales e intente reconstruirlos en un espacio diferente, estableciendo así términos y condiciones propias mediante las que configurar su relación con la ciudad y los espacios en los cuales debe iniciar su nueva vida" .
Tanto el desarrollo de una mayor heterogeneidad como una posible reterritorialización de formas culturales parecen ser temas que para nuestro caso pueden ser puestos entre paréntesis. Con relación a lo primero la mera presencia de "otros" en las calles de las ciudades chilenas no necesariamente habla de diversidad, de cruces o mixturas. En lo puntual las migraciones más recientes, compuestas básicamente por peruanos, bolivianos y ecuatorianos (los grupos más significativos) no son asimiladas sino más bien excluidos, prueba de esto es que su presencia en la ciudad es notoria debido a que permanecen juntos, existen lugares a los que convergen y en los cuales son fácilmente reconocibles. Tras esta necesidad de agrupamiento se denota la no integración, sólo entre iguales obtienen el reconocimiento que requieren, pocas situaciones hablan de acogida. Aún más, incluso en estos pequeños espacios que consiguen reivindicar no obtienen legitimidad, tal es caso de la Plaza de Armas de Santiago, lugar desde el que en virtud de importantes razones estéticas y de seguridad fueron desplazados (caso peruano), estas buenas razones fueron reforzadas mediante el contundente argumento de la presencia policial. Malamente es posible entonces reconocer heterogeneidad en un plano de negación de la misma, por cierto que esta no existe a partir de la sola tolerancia para que los extranjeros se desplacen por las vías públicas, la heterogeneidad es factible de reconocer en cuanto la diversidad puede organizarse legítimamente en un territorio determinado. En cuanto a la reconstrucción de identidades culturales de migrantes, las dificultades son bastante extendidas; con la excepción de pequeñas alternativas como son algunos locales de comida o centros "culturales", los que deben ser entendidos más bien como refugios, la ciudad no reconoce zonas o áreas de identidad para estos recién llegados.
El tema, visto desde un ángulo mayor, resulta contradictorio con el discurso formal u oficial imperante. La gran vocación, el proyecto-país, se relaciona con la inserción acelerada en la comunidad internacional, particularmente en todo aquello que se vincula con la economía mundializada. Puestas así las cosas, es un contrasentido que uno de los efectos más obvios de la apertura al mundo, vale decir la circulación e intercambio de población, no sea aceptada con naturalidad. La materia es de difícil abordaje, ello pues Chile ha acogido anteriormente a extranjeros destinados a avecindarse en su territorio, incluso en ciertas situaciones con un entusiasmo que bordea la xenofilia (cuestión que resurge en cada oportunidad que el migrante procede de Europa o Norteamérica), sin embargo la actitud varía notablemente cuando la procedencia es distinta. Quizás lo que opera en el fondo es una suerte de juegos de espejos, la elite nacional se refleja en el mundo blanco y desarrollado, mientras que el resto de los segmentos sociales del país se reflejan en la elite, ello excluye por tanto cualquier reflejo no contemplado en el imaginario societal.
Termina de conformar el cuadro descrito el siguiente planteamiento: "los procesos de integración en la región se acompañan de flujos migratorios que, especialmente en el caso de las naciones fronterizas, tienen un alto componente de personas de bajos niveles de educación. La discriminación frente a estas personas podría, incluso, admitir el cambio de la lectura de 'un problema' al de 'un conflicto' social radicado entre pares. De esta forma, además de la prevalencia de argumentaciones como las señaladas, la xenofobia podría mantener su expresión inspirada en el vecino, el que además, es alimentado por históricas controversias y diferencias limítrofes, y por orientaciones y contenidos de la educación cívica en que se privilegian valores nacionales y exaltaciones al patriotismo. Los brotes xenófobos fundados en el prejuicio latente y en las distintas formas de representación social del extranjero emergen entonces como respuesta esperada a una aguda desocupación, como defensa de prioridades o como estrategia ante amenazas que se perciben, entre otras instancias. Son una realidad posible en los procesos de integración que suponen una mayor propensión de la migración intrarregional"
Resulta interesante destacar como la mayor parte de los elementos que se desprenden de la cita anterior, están presentes en la actitud que se advierte en nuestros espacios urbanos respecto del migrante. En especial la mirada que históricamente han construido los chilenos respecto de sus vecinos del norte surge pletórica de condescendencia y subvaloración; tradicionalmente en los sectores populares se califica despectivamente a los peruanos y bolivianos como indios o cholos - lo cual resulta en la práctica una ironía, ya que la mayor parte de la población chilena es resultado del mestizaje -. A este rechazo subjetivo se agrega aquel fundado en una supuesta disputa por puestos de trabajo, estructurándose de esta manera un rechazo hacia el migrante en el seno de los sectores populares, espacio en el cual se debe mover cotidianamente.
Comentarios finales
La trilogía de imágenes que hemos abordado, se enmarcan dentro de la idea de representación que el concepto de imagen puede alcanzar, esto en un sentido directo o indirecto, inmediato o traspuesto, de un referente material, moral o intelectual, tal como lo plantea Augé . Para el caso de las imágenes mentales y, siguiendo al mismo autor, estas se vinculan con las percepciones o "los efectos de la imaginación, están asociadas a las palabras y a los conceptos. Estas se autonomizan relativamente en los fantasmas , las alucinaciones o en los sueños. Diferentes de las simples representaciones, los registros de lo real -fotografías, películas de cine- vuelven compleja la relación entre lo real y su representación o entre las relaciones entre lo real y la ficción" . Las imágenes de la ciudad recogidas aquí, pretenden ser representaciones, parte de un registro o inventario de lo real, distinguiéndose en el intento de la imagen mental; estamos ciertos que es prácticamente imposible eludir la carga subjetiva, por lo cual nuestra búsqueda de representar siempre será limitada y autorreferente. No obstante, la búsqueda resulta ser en si misma valiosa, creemos que en particular los antropólogos no pueden ni deben abdicar nunca de ella en pos de alcanzar la objetividad.
El intento que se propone en estas páginas, pretende aportar más antecedentes a una suerte de relato unívoco existente respecto de los espacios urbanos, versión de la cual se desprende una imagen culpable de la ciudad - cuando se trata de buscar responsables de ciertos fenómenos que se producen al interior de esta - , o, en el extremo opuesto, pintar una imaginería en la que se mezcla una modernidad triunfante con metrópolis de ensueño. Cualquiera de estas narraciones son insuficientes, siendo la tarea del antropólogo develar el conjunto de aspectos que se mezclan, sobreponen o imponen en la ciudad operante.
No creemos sea válido trabajar con una "imagen dada" de la ciudad, ello debido a que este tipo de obsequios tienen mucho de presente griego. En este sentido Augé plantea que "en las situaciones de contacto cultural y colonización, uno de los terrenos de encuentro y de enfrentamiento es....el del imaginario. Las estrategias de conversión se parecen a una guerra de imágenes que es necesario ganar para disminuir el núcleo de la última resistencia". De allí que exista la necesidad de mirar con atención las escenas urbanas; tras las aparentemente inocuas construcciones mediáticas de rechazo a la inseguridad ciudadana, los bien intencionados llamados a cuidar la "pureza económica" amenazada por la informalidad, o, la soterrada sospecha respecto del extranjero, existe un universo de intenciones que, en otro contexto Augé releva. Así, este autor señala que en oportunidades quién posee las herramientas del poder procura desplazar el imaginario colectivo de una sociedad hacia el plano de la ficción, "implantando en el polo de lo Imaginario Colectivo" nuevas creencias y contenidos coherentes y afines con el poder.
Vale entonces preguntarnos respecto de que es lo perdido, cual es la ciudad detrás del imaginario impuesto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario